19 de junio de 2013

AUSENCIA


Cuanto más tiempo pasa, más echo de menos a la persona de mi vida que se marchó pronto.
Cuanto más tiempo pasa, más necesito de sus conversaciones, de sus  experiencias y de sus consejos.
Hermana, no sé si algún día nos encontraremos en algún lugar, y podremos volver a compartir juegos y risas.
No sé si algún día podré contarte cuánto dolor hubo en la familia. Cuánto dolor en mamá, que nunca ha dejado de quererte. Cuánto dolor escondido. Si algún día nos encontráramos...
Si eso sucediera, entonces podré contarte cuánto te extrañé el día de mi boda.
Y también podré contarte que me faltaste cuando me quedé embarazada por primera vez, que quise compartir mi alegría contigo, y que me sentí un poco vacía... Podré contarte qué sentí durante mis tres embarazos, y que mientras cuidaba de mis hijos dentro de mí, pensaba qué sentirías tú, cómo llevarías el embarazo, qué les  dirías a tus hijos, cómo los abrazarías y cuidarías. 
¡Cuánto amor te has llevado contigo!
Y también te contaré cómo crié a tus sobrinos, cómo jugué con ellos, cómo les hablé de tí, y cuántos abrazos y besos se han perdido. Ellos también te han extrañado. Aunque siempre has estado presente en sus vidas.
Y mientras mis hijos persiguen sus sueños, y alcanzan sus metas, también pienso en si tú los estarás siguiendo.. 
A tí y a su tía Encarni, os dedico cada uno de los temas que Laura canta, y me pregunto si os estará gustando, si estaréis aplaudiendo. Y cada cuadro que Manuel pinta, una sonrisa y un recuerdo va para vosotras. Y  cuando Carlos cuenta sus proyectos, pienso que os gustaría saber todos los detalles.
Hermana, si algún día nos encontráramos en algún lugar, déjame que te dé todos los abrazos que nos han faltado, todos los besos que pudimos darnos y se nos negaron, todos los "te quiero" que se quedaron en el aire.
Por tí, hoy, quiero dar más abrazos y más besos.
Por tí y por Encarni, hoy busco un mundo más feliz, y menos egoísta.
Que vuestra ausencia no sea en vano.
Allá donde estéis las dos, os envío, esta noche, un beso, un abrazo y un "te quiero".



29 de abril de 2012

MUÑECAS Y OTRAS AVENTURAS

Cuando nació mi hermana Alicia, yo tenía nueves años.
Nueve años de travesuras, de juegos infantiles que a los ojos de mi familia podrian ser peligrosos, y que no eran apropiados para una niña en aquellos tiempos, no se consideraban femeninos.
Mi hermana mayor, Ana Mari, con tres años más que yo, era una niña modelo: muy tranquila y educada; siempre dispuesta a hacer lo que mi madre le pedía sin rechistar. Ayudaba en las tareas de la casa con disponibilidad, hacía los deberes en cuanto llegaba del colegio y acompañaba a mi madre con la costura en las tardes frías de invierno. Jugaba con lindas muñecas, a las que peinaba de mil formas distintas, y las vestía con trozos de tela que a mi madre le sobraba cuando nos hacía alguna falda o vestido.
También estaba mi hermana Mª Trini, que tenía tres años menos. Trini era muy temerosa. Tenía miedo de la oscuridad, de quedarse sola. Andaba con mucho cuidado, porque pensaba que podría tropezar y caerse y eso la aterraba. Estaba muy apegada a mi madre, era su protectora. Mi hermana y yo la asustábamos diciéndole que no se parecía a nosotras, y que era una niña adoptada, que la habíamos recogido en la calle. Se lo creía y pensaba que cualquier día alguien vendría y se la llevaría. Incluso, que cualquier día, si se portaba mal, la echaríamos de la casa. Ella siempre jugaba con casitas y muñecas muy pequeñitas.
Yo era todo lo contrario a mis hermanas: valiente, atrevida, protestona, traviesa, inventora de mil y una fechorias, curiosa, imaginativa y siempre dispuesta a salir a la calle antes que coser o hacer alguna tarea doméstica. Jugaba con los niños en la calle, subiéndome a los árboles, cazando mariposas, intentando cortarle el rabo a las salamanquesas a ver si se movía, inventando aventuras con las carrozas de los indios, y mangándole galletas de chocolate a las monjas, porque nos quedábamos con hambre de postre.
A menudo mi nombre estaba en las conversaciones de la familia:
- ¡Mira lo que ha hecho hoy Mª Ángeles! -comentaba mi madre a mi tía mientras le servía una taza de café-, me ha destrozado la pared recién pintada. Ha dibujado flres con los rotuladores de colores, y hemos tenido que pintar de nuevo!, "No para, es un torbellino".
- Pues así no va a ninguna parte -arremetia mi tía-, comnigo no se viene, porque me lo revuelve todo, y está todo el día jugando. ¡Si fuera más dulce y hacendosa!
No sé lo que voy a hacer con ella! -terminaba diciendo siempre mi madre, con un suspiro de impotencia.

Entre otros juegos, las tres hermanas jugábamos al pilla-pilla, corriendo por el pasillo, y siemre era yo la que terminaba rompiendo alguna maceta. Mis hermanas se escabullían sigilosamente y me dejaban a mí, en mitad del pasillo, mirando los tiestos rotos de la maceta, la tierra desparamada por el suelo, y yo sin saber qué hacer, chillándole a mis hermanas para que no me dejaran sola ante el peligro. Y al sonido de mis gritos, aparecía mi madre y me encontraba intentando recomponer con manos torpes lo que quedaba de la maceta y recogiendo atropelladamente la tierra para esconderla en cualquier sitio. Terminaba dándome pellizcos, por lo mal que me había portado. De nada me servía protestar y llorar, diciendo que no había sido yo sola.
Otras veces, cuando mi madre nos mandaba recoger el cuarto, abría mi armario, y mientras mis hermanas ordenaban su ropa y sus juguetes, yo me entretenía con un tebeo o con algún libro de cuentos que me había encontrado entre la ropa arrugada, y me sentaba en el suelo a leer. ¡Se me iban las horas!
Después de más de dos horas, aparecía mi madre, y me encontraba allí sentada, rodeada de camisas, faldas del uniforme, algún que otro chaleco, y muchos papeles. De nuevo me llevaba unos cuantos azotes por lo desordenada y desobediente que era.
Durante años, todo seguía igual. Todas las travesuras se me achacaban a mí.
- ¡Eso habrá sido Mª Ángeles!, ¿quién va a ser?" -decían una y otra vez.
Yo lo pasaba muy mal, porque pensaba que de verdad era mala, muy mala, como decía mi abuela, ¡claro, la pobre tenía parte de razón, a su manera!. Después de ahorrar durante mucho tiempo, se pudo comprar una máquina de coser, de aquellas primeras, creo recordar que era de la marca SINGER, con su pedal y un bonito mueble de madera. Pues no tuve otra cosa que hacer que con una aguja de coser, escribir las letras del abecedario que acababa de aprender en el colegio. Aquello fue una catástrofe familiar. Años y años estuvo reprochándomelo. Y yo me sentía muy mal, porque para mí no era malo, sólo había querido dibujar lo que la señorita nos había enseñado en la pizarra, si tenía sólo seis años. No entendía por qué se había formado tanto revuelo por hacer bien mis deberes.
Mi madre me reñía todos los días por algo: que si no me tomaba el colacao, que si no la dejaba que me peinara, y salía corriendo por el largo pasillo, y mi madre detrás con el cepillo, que si le cogía las chuches de mi hermana, que si venía de la calle con la ropa manchada de barro aunque fuera la ropa de los domingos...
Ante sus regañiñas, yo protestaba siempre, pero después le prometía que no volvería a suceder, ¡Mamá, te prometo que no lo voy a hacer más!... Creo que ésa era mi frase preferida, pero que a la media hora se me habían olvidado las promesas. Y se me habían olvidado de verdad. Que yo sí tenía propósito e enmienda, pero no sé qué pasaba después, que volvía a cometer alguna travesura.

Cuando nació mi hermana Alicia, toda la familia y amistades aseguraban, gratamente sorprendidos, que era igual que yo.
- ¡Cómo se parece a Mª Ángeles, es idéntica! -decía la vecina del cuarto.
- ¡Parecen mellizas, si no fuera por los años de diferencia: los mismos ojos, los mismos rizos, y hasta el hoyito en la barbilla, -comentaba mi abuela mientras suspiaba.
- ¡qué lástima de criatura, como se parezca a ella en todo! -decía alguien que no era de la familia, pero que lo sabía todo.

Escuchaba lo mismo en todas las visitas de esos primeros días. Me miraban, miraban a mi hermana en su cuna, me volvían a mirar, y siempre comentabn lo mismo.
Para mí era una pesadilla. Pensaba en lo mal que lo pasaría mi hermana si se parecía a mí en todo. Igual de traviesa, igual de desobediente, igual de mentirosa. Iba a sufrir mucho.
Por la noche, mientras mi madre preparaba la cena de las tres mayores, yo me acercaba a su cuarto y miraba a mi hermana durmiendo en su cuna. Veía su carita dulce, sus manos, sus rizos juguetones, su hoyito en la barbilla y me sentía inquieta por ella. Le pedía a Dios, en el silencio del cuarto, que no fuera como yo. La luz apagada, y yo casi llorando, pensaba que era mejor que se muriera antes que hacer sufrir tanto a la familia,  como lo estaba haciendo yo. Sin saberlo, tenía un trauma.
Como ese Dios al que yo rezaba desesperada no me hizo caso, y Alicia no se murió, y siguió pareciéndose a mí, decidí unirme más a ella, y hacer de ella una niña feliz, y procuré que no se pareciera tanto a mí, y fuera la niña que mi madre hubiera querido que fuera yo.
Me inventaba historias que le contaba cuando iba a la cama; le cantaba canciones infatiles antes de dormir, haciéndole cosquillas en la mano. Eso le gustaba mucho.
A veces me quedaba dormida sobre la cama de mis padres, junto a su cuna, mientras ella balbucía sus primeras palabras.
Me la llevaba a jugar a la calle, con mis amigas, y siempre era el centro de atención, porque se sabía y bailaba con mucha gracia todas las canciones que yo le enseñaba, canciones de moda, que interpretaba a su manera, acompañándolas de gestos y bailes que arrancaban las sonrisas y los aplausos de quienes la veían. Se convirtió en mi sombra, siempre conmigo a todas partes.
Ella era mi juguete. Yo no quería muñecas, si la tenía a ella. Yo era su segunda "mamá". Ahora yo sí tenía una "muñeca" a la que hacerle simpáticas coletas, una "muñeca" a la que ponerle lindos vestidos y lacitos en el pelo. Hacíamos teatro, y ella era el personaje principal.
Mi carácter cambió, llegué incluso a parecer responsable. Protestaba menos y era más dulce.
Sus primeras lecturas las hizo conmigo, aprendio a escribir mientras le contaba esas historias de seres fantásticos que tanto le gustaban, y hacíamos cuentas jugando con rosetas de maíz.
Yo ya no hacía tantas travesuras, creo que no tenía tiempo. De todas formas, varios años después, en conversaciones familiares, descubrimos que muchas de las travesuras que se me achacaron en su momento, no había sido yo la responsble. Ana Mari, mi hermana mayor, había hecho alguna que otra; y Mari Trini tampoco se libraba. Ela ponía cara de buena, para que mi madre no dejara de quererla, que era lo que más temía. ¿Y si la cambiaban por otra, como tantas veces le decíamos Ana Mari y yo?
Pero aunque no fuera siempre la culpable, yo siempe pagaba , que era la que más chillaba y la que ponía cara de "¡lo siento, he sido yo!"
Mi madre aún recuerda con nostalgia que yo me llevaba todos los palos, a veces sin merecerlo, y se arrepiente de todos los pellizcos, chillidos y castigos que me aplicó. Durante más de diez años pensó que no llegaría a ser una buena chica, que no sería capaz de llevar una casa y una familia como "Dios manda" y que no llegaría a acatar las normas como era de esperar.
Pero la vida demuestra que con los años cambia todo. No me gustaban las muñecas, prefería otros juegos de más aventura, pero fui de capaz de crear una familia, de tener un trabajo, de cocinar, de limpiar, de alcanzar metas, de "acatar normas". No sé si como dios manda, pero sí como manda la sociedad al menos.
Me casé y soy madre de tres hijos. Ya son mayores. Los he criado rodeados de música y teatro, juegos y lectura, canciones infantiles y bailes. Todo lo que me gustaba. Pero también he tenido tiempo para cocinar y limpiar mi casa. Y he cocinado tanto, que al final hasta me gusta meterme en la cocina y estar horas y horas preparando ricos platos para mi familia, para mis amistades. Ahora hasta me he metido con la repostería creativa y dedico muchas horas a preparar galletas y otros dulces decorados. Y no sólo me dedico a cocinar, sino que formo parte de un grupo de gente que compartimos el gusto por la cocina, por la gastronomía. Nos reunimos a menudo para intercambiar recetas, y experiencias. Hacemos viajes gastronómicos, y jornadas dedicadas a realizar dulces. Lo pasamos genial. Y hasta estoy colaborando con un periódico publicando entrevistas que realizo a otros blogueros o blogueras que se dedican a la gastronomía. Yo soy una de ellas, y administro un blog donde pongo todas las recetas que hago en casa, para que mis hijos las tengan ahí siempre.
Mi hermana Ana Mari decidió unirse a las estrellas, y ahora comparte escenario con ellas, esperando que algún día podamos ir a visitarla. Más tarde que pronto espero reencontrarme con ella, aunque en sueños, a veces, la encuentro y creo que es feliz.
Mi hermana Mª Trini viajó fuera y cuando regresó comenzó a trabajar como azafata de información turística. Sabe varios idiomas, y estudia continuamente: alemán, inglés, naturopatía, magisterio de educación física... No para de aprender y ya no tiene miedo de no ser de la familia. Es la tita que siempre tiene un detalle con sus sobrinos, un detalle dulce. Y muy cariñosa.
Y Alicia, la más pequeña, estudió graduado social y ahora trabaja en el aeropuerto y su trabajo es de mucha responsabilidad. Le gusta mucho la música, y estudió violín. También ha tenido épocas en las que ha formado parte de un coro. Ya de pequeña cantaba muy bien, y porque no ha educado su voz con profesores, pero seguro que hubiera hecho muy buen papel en la música. Le gusta la pintura, y lo hace muy bien. Tiene muchos cuadros colgados de sus paredes. Es madre de dos niños, niño y niña y en su vida aún le quedan muchas aventuras que vivir.
 


12 de marzo de 2012

RECONCILIACIÓN. (Un reencuentro poético-musical)

LLovía, ¿sabes?, llovía como estos últimos días, como estos últimos meses. No paraba de llover.
El agua circulaba como un pequeño río por las calles, entorpeciendo la circulación, entorpeciendo los paseos.
Yo no tenía ganas de ir, pero me comprometí con mi madre. Lo hice hace más de dos semanas, y ahora no podía fallarle. ¡Y no será porque me sobra el tiempo!
Cansada de un estresante día de trabajo, y después de haber dormido sólo cuatro horas, en realidad tenía ganas de ponerme las zapatillas, la bata de guatiné, que me regaló mi suegra cuatro tallas más grande, y quedarme en el sofá viendo la novela, o haciendo que la veo, porque al final siempre termino adormilada, sin enterarme bien de lo que pasa.
Busqué excusas, busqué tareas que realizar. Busqué en mi agenda alguien con quien tuviera pendiente una cita, una charla. Los teléfonos no contestaban.
Dejé que el tiempo pasara, para no llamar a mi madre. Me hice la despistada.
Pero mi madre estaba desde muy temprano preparándse: se duchó, se lavó el pelo, se lo peinó (sus rizos le permiten, aún con la edad que tiene, hacerse un peinado muy juvenil); se pintó a concencia, y buscó el mejor jersey que aún no había estrenado. Se roció con su colonia, Gloria de Vanderbilt, una mezcla de mimosa, rosa y flores orientales picantes. Una fragancia que perdura en el tiempo y en el espacio.
La habían invitado a un recital poético-musical, organizado por una asociación de mujeres para obtener fondos en ayuda a Haití. ¡Una buena causa y una buena excusa para salir de su casa!.
Mientras me arreglo a regañadientes, recuerdo mi asistencia hace unos meses a un recital de poesía. El ambiente estaba cargado. Las señoras con peinados que parecían recién salidos de un cuadro, de una peluquería, con fuerte olor a laca. ¿que si me gustaron las poesías? Pues no sé qué decirte. Le puse mucho interés. Atendí para empaparme de todo, y sacarle todo su jugo. Intenté que los ojos me picaran de emoción. NO ocurrió nada. Pensé que sería un problema mío, que había estado mucho tiempo desconectada de este ambiente y ahora no sabía disfrutar de él. O que las cargas familiares y los problemas me habían vuelto insensible. ¡Yo qué sé! No supe definir aquel estado.
Salí de noche, sola, sin despedirme de nadie, con la mirada perdida, buscando el autobús que me devolviera a casa. Hacía frío y tenía unas ganas enormes de llegar.

Pero esta vez veía tan feliz a mi madre, con su nuevo grupo de amigas, que por fin, y después de muchos años había conocido, que me sentí incapaz de decir que no. Ahora está saliendo y acudiendo a sitios donde pasárselo bien. Eso ya era un factor importante para que me decidiera a intentarlo de nuevo.

Así es que la acompañé, a pesar de la lluvia, a pesar del cansancio, y a pesar de la experiencia anterior.

Instituto Andaluz de la Mujer. 18 horas. Entradas agotadas.

Comenzamos a entrar en la sala que se fue llenando de caras sonrientes y conocidas entre ellas. Debe de ser que se juntan más de una vez en este tipo de eventos.
Mi madre y yo no sabíamos dónde ponernos. Primero en esas sillas frente al escenario. ¡No, ésas están muy cerca de la ventana, y puedo pasar frío! -comentó mi madre, y con razón-.
Busqué otras un poco más cerca, pero al final estaba allí la mujer que la había invitado y nos pidió que nos sentáramos con ella, junto a la columna. La silla la tuve que retirar un poco, porque no se veía bien.
¡Verás tú que al final vamos a estar en el peor de los sitios!

Mi madre miraba de un lado a otro, intentando encontrar una cara conocida, además de la que nos invitó al evento. No encontró a nadie. Me senté junto a  ella.
La sala cada vez más llena de gente. Había mucho ruido, muchos saludos efusivos y en voz alta. ¡Un griterío!.
No se presentó la Coordinadora del Instituto Andaluz de la Mujer, al parecer por encontrarse indispuesta.
¿Será verdad? Los políticos siempre ponen excusas, y al final un trabajador tiene que sustituirlos.
En esta ocasión, alguien comentó que era cierto. Que se había puesto enferma y que tenía mucho interés en asistir, incluso ya lo había hecho en otras ocasiones.
Mi madre se quitó el abrigo, se acomodó y guardó silencio esperando a que comenzara, y  yo aguardé junto a ella, casi embriagada por su perfume, que ya se había expandido y llenaba parte de la estancia.
La miraba complacida, comprobando que estaba bien. Y para mis adentros me decía que había merecido la pena sólo por eso. Su cara estaba relajada, y sus ojos estaban chispeantes. ¡Era feliz!
El griterió comenzó a bajar de intensidad conforme se fueron ocupando todos los sitios y la Presidenta tomó el microfono y pidió silencio. Estaba a punto de comenzar.
Primero una breve presentación del acto, por el padrino de la Asociación, con unas bellas palabras, palabras de agradecimiento a todas las personas que habían asistido, a todas las que habían contribuido a que esto se realizara y a todas las que iban a actuar.
Comenzó el acto con una actuación de un grupo de cuatro mujeres que acompañaron, al son de las castañuelas, dos composiciones muy bellas: "La Calesera", una composición de zarzuela y "La Malagueña de Lecuona".
Las mujeres aparecían ataviadas con pantalones negros y camisa blanca, y una biznaga de jazmines en el pelo, ¡ah! ¿que no sabes lo que es? ¡ah, perdona, que no me acordaba que no eres de aquí! Pues mira, una biznaga de jazmines es una composición hecha con jazmines naturales, ensartados en un armazón con pinchos (sacado de una planta natural) formando una bola. Los jazmines se cogen en las tardes de verano, cuando aún no se han abierto. Se van pinchando uno a uno, cerrados, que resulta más fácil. Cuando se abren, se forma una bola que desprende un olor impresionante. Es un símbolo de la ciudad de Málaga, muy familiar y cotidiano.

Este grupo de  mujeres, con su gracia y su elegancia, mantuvo a los asistentes en silencio. Bonito y original. Siempre había escuchado tocar las castañuelas en el baile, pero no una actuación sólo de castañuelas. El sonido estaba acompasado, al son de la música, y ellas movían su cuerpo con el mismo movimiento que el de sus manos.

El asiento frío de la silla comenzó a volverse más humano, más cercano.Aplaudí con mucha energía.
Después comenzó la poesía: "Esa guitarra", "Me he soñado", "La Paz", "Libre como paloma"...

Fueron títulos que dieron paso a las poesías compuestas por las poetisas que permanencían, según su turno, sentadas junto al escenario, con sus letras imprimidas en la mano, y algunas de ellas nerviosas ante lo inminente de su actución.

Las palabras comenzaron a brotar, una tras otra, con musicalidad. El ruido exterior no se escuchaba. Sólo las palabras. ¿Sabes? Es como si no hubiera nada más.La sala repleta de gente y estaba todo en silencio.
Palabras que iban volando por la sala, por el aire: "jazmines", "rosas", "miedo", "amor", "palabras que enamoran".
Quería atraparlas, quedármelas, pero no podía. Quería retenerlas, pero se me escapaban. ¿te las imaginas, de colores?
- ¡Niña, que estás en Babia! -me decía mi madre.
- Mamá, por favor, ¿no escuchas?
Una poesía, y después otra. Sentimiento. Palabras que llegaban al corazón.

En mitad del acto, una mujer nos obsequió con una canción: ¡Hijos de la luna!´
No podía separar ni la vista ni el oído de aquel escenario.
Su voz sonaba dulce, con fuerza, elevándose, igual que las palabras. Sintiendo que, efectivamente, el niño está solo en el monte, y te dan ganas de hacerle una cuna con tus brazos y mecerlo.
Y después una segunda parte. Más sentimiento desbordado.
Las lágrimas pujaban por salir, pero no las dejaba, porque estaba muy ocupada escuchando todas esas poesías, recitadas por sus autoras, en una tarde mágica.
Y al final, el Toque de Castañuelas: "Salinas de Campuzano" y "Las cuatro estaciones de Vivaldi!. ¡Fantástico!

El tiempo voló. Seguía lloviendo, y mucho Y me recordó a aquel año, cuando tenía 17 años en Jaén. Era voluntaria de la Cruz Roja, un 14 de febrero. Fuimos con las personas mayores a ver una película, "Del rosa al amarillo". Cuando salimos estaba toda la calle con un manto de nieve. Los piés se hundían levemente. Habían bastado dos horas para que la nieve hubiera cuajado.
En esta ocasión no nevaba. Aquí no vemos nunca la nieve. Es una pena, porque es tan bonita. Pero la lluvia sí caía con ganas. Y no era lluvia que molestara, todo lo contrario. La sentía fresca, clara. La esperaba. La conocía. Me era familiar.

Y como un soplo, como un suspiro, acabó.
Salí conociendo a muchas personas, que me saludaban, agradecidas por mi asistencia, y me invitaron a que asistiera a otros momentos como éste. Creo que en la cara se me notaba lo que había sentido.
Me paré un momento, y volví al principio cuando entré allí: veía las mismas caras sonrientes, pero ahora se dirigían a mí.

Veía a mi madre más chica. A su lado, parecía que yo hubiera crecido.

Málaga, febrero de 2010

16 de febrero de 2012

LAS PEQUEÑAS COSAS. (microrrelato) ¿JUEGAS CON NOSOTROS?

OS ANIMO A QUE SEÁIS PARTE DE ESTE MICRORRELATO.
UNA IDEA QUE SURGIÓ DE PRONTO, Y QUE SE ANIMÓ CON LA PARTICIPACIÓN DE ALGUNAS PERSONAS. INTERESANTE, DIVERTIDA, Y ESPECIAL.
LEE LOS COMENTARIOS, EL ÚLTIMO Y CONTINÚA LA HISTORIA. EL DÍA 1 DE MARZO, A LAS 12'01 M. ESCRIBIRÉ EL FINAL DE LA HISTORIA. HASTA ENTONCES, PUEDES ENTRAR Y DEJR TU IMAGINACIÓN VOLAR. 
¿TE APUNTAS?

"Amanece, y aquel hombre de piel arrugada, que se acerca a comprar el pan para el desayuno, tropieza con una jeringuilla tirada sobre la acera.
Los recuerdos de la enfermedad de su querida esposa caen sobre él como una gran losa.
La suavidad de la luz de la mañana y el ligero perfume del pan recién hecho, le devuelven a la realidad del día a día, del encanto de las pequeñas cosas, de los pequeños momentos que llenan su soledad.
Sus nietas están a punto de llegar.”

5 de enero de 2012

LA DECISIÓN (Relato breve)

En homenaje a las personas que lo dan todo para ayudar a los demás. A quienes dejan las comodidades de su vida, y se embarcan en una aventura en la que ellos no son los protagonistas, pero sí colaboradores en los cambios que se produzcan en otras vidas.
Quienes se desprenden de todo egoísmo y se acercan a quienes necesitan de su ayuda.
Para ellos, para ellas, este humilde homenaje en forma de relato.

LA DECISIÓN
Ricardo despertó de un sueño intranquilo, abrumado por esa soledad que le hería desde hacía tiempo. Miró el lado derecho de la cama, que permanecía vacío y frío desde que Carmen se marchó.
Se aseó y se vistió. Tomó un café de pie en la cocina. Salió y cerró bien la puerta.
Esperó más de lo que hubiera querido al ascensor. Vivir en un 12º piso tiene sus ventajas e inconvenientes. Cuando llegó, ya estaba ocupado por dos señores.
- Buenos días –dijo al entrar..
- Buenos días –respondieron al unísono..

Silencio. Miradas bajas.

- Parece que hoy va a llover –dijo uno de ellos.
- Sí, eso parece –afirmó Ricardo.

- ¿Qué? ¿Y el trabajo? –se apresuró a decir el más joven.
- Bien, bien –contestó Ricardo, agobiado por tanta pregunta a esas horas de la mañana-. Ahí vamos.
- ¡Ya! –dijo de nuevo el vecino.

Silencio. Miradas bajas. El ascensor se detiene a mitad de camino y entra una muchacha muy joven. Se ruboriza al encontrarse de pronto con el ascensor ocupado.

- Buenos días –comenta al entrar.
- Buenos días –responden los tres, levantando la mirada muy rápidamente al verla.

El ascensor se impregna de un suave olor a vainilla, y la muchacha, tras un brevísimo lapsus de tiempo, levanta la mirada y comenta:

- Parece que va a llover.
- Sí, sí. Eso parece –comenta Ricardo, mientras los otros asienten.

De nuevo, silencio y miradas bajas.

- ¿Qué? ¿A estudiar? – pregunta Ricardo a la muchacha
- Sí, sí. Al instituto –responde de nuevo ruborizada, tras comprobar que todas las miradas apuntan hacia ella.

Por fin el ascensor llega a su destino. Parece que ha pasado una eternidad, y sólo ha durado unos minutos. Salen con prontitud, buscando espacios abierto, sintiendo que ahora sí pueden respirar.
Ricardo se detiene de pronto en mitad de la calle. Mira a su alrededor y observa cómo la gente camina muy rápido, sin prestarle atención, y en ese momento su vecino, que ha ido a comprar el periódico, le toca el hombro.

- Ricardo, ¡hombre! – extrañado de verlo aún en la calle-, ¿vas al trabajo?
- Sí, voy para allá -.responde Ricardo un poco aturdido-. ¿qué dice la prensa?
- Nada. Lo de siempre –abre el periódico y suspira-.¡Mira! –le acerca el periódico.

Ricardo lee en voz alta:

- En Haití de nuevo la catástrofe se ceba con los más desfavorecidos –respira y vuelve a leer-. El cólera está disminuyendo la población de manera alarmante.
- ¡Es una pena! ¿verdad? –comenta el vecino-. Habría que hacer algo, no podemos estar quietos.
- Sí, sí –Ricardo tarda un rato en contestar, como si estuviera pensando a la vez que hablando-. Algo habría que hacer.
- ¡Bueno, vecino! –con una voz más acelerada interrumpe los pensamientos de Ricardo-, que me tengo que marchar. Ya nos vemos.

De nuevo se queda quieto observando a la gente que camina deprisa. No escucha nada, aunque el ruido de la ciudad empieza a ser cada vez más fuerte.

Ricardo levanta la mirada y los hombros, y como si hubiera recordado algo de pronto, se vuelve hacia sus pasos. Entra en casa, se quita el traje de chaqueta, lo tira sobre la cama. Prepara una maleta y hace una llamada. Sale a la calle, decidido, y entra en una agencia de viajes.

28 de diciembre de 2011

UN RELATO BREVE PARA ANIMAR A LA LECTURA DEL "SUPLEMENTO GASTRONÓMICO MALAGA EN LA MESA"

En la vida las aficciones, las tareas, se mezclan, llegando a ser la misma cosa.
Últimamente estoy escribiendo artículos para el Diario Sur de Málaga, colaborando en el suplemento gastronómico MÁLAGA EN LA MESA, que dirige Esperanza Peláez.
Es una tarea muy bonita; supone un reto para mí cada semana. No la entrevista en sí, que siempre es agradable. Más bien es tener que resumir en unas pocas palabras, lo que podría decir en más espacio.
Tengo que resumir y no perder la fuerza del escrito. Que enganche, pero que no canse.
Agradezco al Diario Sur la confianza que ha depositado en mí.
A Esperanza Peláez por haber pensado en mí para este proyecto.
A mis entrevistados y entrevistadas, por su paciencia , y a toda la gente que lee cada sábado esa sección con verdadero interés. 

El sábado 17 de diciembre, salía mi tercer artículo, cuya protagonista es Reme Reina, y su blog, alsurdelsur.
Para animar al personal, comencé a escribir recordándoles que debian pasarse por el kiosco y si no se daban prisa, se acabarían los ejemplares.
Y mientras escribía, las palabras salían, y seguian saliendo. No podía pararlas.
Y entonces salió esto. Está casi tal cual, sólo he corregido algunos tiempos verbales. Lo demás está intacto.
"Málaga. sábado 17 de diciembre. Hace frío. Comienza a lucir el sol tímidamente. El viento le acompaña desde temprana hora.
Son las 9 de la mañana, y hay mucho movimiento en la calle. Tan temprano y el quiosco del barrio está abarrotado de gente.
El quiosquero, sorprendido, no acierta a saber qué está ocurriendo.
La gente nerviosa no deja que nadie se cuele y así llevarse el último ejemplar. Se miran unos a otros de reojillo, comprobando que no salga nadie de la fila y que respeten su turno.
Sigue haciendo mucho frío. El sol aún no calienta, y algunas personas llevan ya una hora en la cola. Se frotan las manos la una contra la otra, para entrar en calor.
De pronto una chiquilla se acerca y se pone la primera. No alcanza al  mostrador, y tiene que empinarse para poder dejar las monedas que lleva en la mano.
La gente la mira, comenta, pero nadie se atreve a decirle nada. Seguramente vendrá a comprar chucherías.
Pedro, el quiosquero del barrio, se acerca a ella, evitando las miradas inquisidoras de quienes lo observan fijamente y le dice:
- ¿dónde vas hoy, Andrea, tan tempranito?
- Quiero un Sur, señor....
De nuevo se levanta el revuelo entre la gente que espera. Se miran, susurran, se inquietan...
La niña, de pelo rubio, cola alta y cabello rizado, mira hacia atrás, y con voz potente y decidida, les dice:
- Es que sale una amiga de mi tita Mamai en el periódico, y  mi tita ha escrito la entrevista. Y yo quiero leerla, que ya sé leer...
Pedro sonríe, le da su periódico, y además, le regala una piruleta para ella, y un paquete de gusanitos para su hermano.
Y agradecida Andrea recoge su ejemplar, lo abraza fuertemente como si temiera que alguien se lo fuera a quitar y ligera de movimiento se marcha , no sin antes regalar una preciosa sonrisa a todas las personas que esperan en la cola.
Todas y cada una de esas personas siguen con la mirada a la niña hasta que llega al portal de su casa, viendo cómo salta como simpático pajarito.
Vuelven veloces la mirada hacia el quiosco, y un suspiro de alivio se escapa de la garganta de más de uno cuando ve que Pedro, el quiosquero, ha puesto sobre el mostrador gran cantidad de periódicos de El Sur.
Ahora son estas personas quienes regalan una sonrisa a Pedro."
--

Mª Ángeles

30 de agosto de 2011

HOY ES UN GRAN DÍA... 1989

Hacía casi siete meses que había nacido Laura, mi segunda hija, y Carlos tenía dos años y medio.
Daban mucho trabajo, como dos niños pequeños que eran, pero yo estaba encantada. Feliz. Lo más grande y lo más bonito que he vivido.
Disfrutaba de cada momento, de cada situación, de cada descubrimiento. Me gustaba observalos cuando estaba en casa, ver sus reacciones, escuchar sus palabras balbuceantes... Me gustaba mirarlos cómo reían y jugaban.
Y a veces tenía que escribir lo que sentía. Lo escribía en cualquier papel. No era una cosa pensada y preparada,; sólo escribía lo que me salía, y a veces, hasta con la luz apagada, para no despertar a nadie.
Aquí está, en una hoja de un almanaque.Lo primero que encontré.

Fue un 12 de marzo de 1989

"Hoy es un gran día.
Los momentos se nos escapan. Los buenos y los malos.
Los momentos que llenan nuestra vida no quier que escapen. Esos mometnos que hacen que la vida tenga un sentido, que la vida tenga una ilusión de ser.
Hoy he podido disfrutar de esos momentos tan soñados y tan recordados en las próximas tardes de añoranzas.
Momentos como el que vivimos cuando Laura nos  deleitó con unos gorgejeos, con un "ba.ba.ba", y luego pasó a ser un "pa..pa...pa". A Manolo se le caía la baba. Su Laura dijo papá antes que nada.
Y parecía que escuchábamos campanas celestiales.
Y mientras, Carlos, jugaba a ser mayor, cantando con un juguete que es un micrófono, imaginándse qui´za, que era un gran artista, que tras terminar su actuación, era aplaudido y saludaba lleno de gozo y de alegría.
El sol entraba tímido por la ventana del salón, y la música de Richard Clayderman sonaba.
No se escuchaba ningún ruido, sólo sus risas.
¡Qué tarde más linda, más llena de bellos recuerdos que serán en días de paz!
Carlos y Laura, llenáis mi vida de luz y amor.
LLenáis mis noches de sueños de paz."
OTROS MOMENTOS JUNTOS.
Siempre jugaban juntos. Se peleaban, sí, como todos los hermanos, pero no podían pasar el uno sin la otra y al contrario. Compartían juegos, risas y hasta sueños.



 

10 de agosto de 2011

¿POR QUÉ? REFLEXIONES DE PAZ DE UNA ADOLESCENTE

Año 1979. Recién cumplidos los 17 años. Hace 30 y pocos. Otras personalidades. Otras ilusiones. Otras percepciones de la vida y modos de enfrentarse a ella. 
Pero una adolescente que creía que "TODO EL MUNDO ERA BUENO, HASTA QUE SE DEMOSTRARA LO CONTRARIO".
Y de fondo, las noticias: la guerra civil del Líbano, un enfrentamiento entre religiones; y la invasión rusa de Afganistán. Demasiadas muertes. Demasiado odio.
De noche, cuando todos dormían, en mi habitación, con la luz de la lamparita, sentada en mi cama y un cojín detrás. Mi libreta, un bolígrafo, y el silencio de la noche. Eran mi paño de lágrimas, mi desahogo:

"El manto de la noche cae lentamente sobre la tierra. Todo se vuelve oscuro y se respira paz, sosiego, calma.
Ahora es cuando la vida adquiere sentido, cuando nada la perturba. En ella  hay más paz, más tranquilidad y menos odio. En la seguridad que ofrece mi casa, mi habitación, y mi cama, hay menos odio, y desde ella, comienzo a soñar.
Cierro los ojos y me imagino un mundo que no es real, está fuera de lo normal. 
Sueño que todo es paz, que se respira paz. Que la gente vive feliz, que ríe a cada paso, que saluda con quien se encuentra, que se ayuda en todas las situaciones. Hay abrazos, sonrisas y besos.
¡Es tan hermoso sentir que nos amamos! 
Cierro los ojos y puedo sentirlo. Puedo sentir ese estado de bienestar que me inunda.
Pero..., ¡qué inhumano es cuando despierto, y en la realidad no caben  mis sueños! Sólo veo odio, maldad, injusticia, venganza...
¿Por qué? ¿qué pasa en el mundo para que se comporte así?
MI madre me enseñó que dios nos puso en la tierra para que construyéramos grandes cosas, para que progresáramos y fuéramos más felices, con avances. 
¡Y en parte es verdad: el Mundo progresa! 
Pero yo me pregunto: Y el hombre como ser humano, ¿Progresa?
Mi pensamiento es que el hombre, en cierto modo, vuelve al pasado, a siglos atrás.
Un pasado lleno de rencores, un pasado sinrazón. Tiempos en los que se mataba por poder. Y ahora es igual.
Muchos dicen: hay que nacer y morir, es ley de vida.
Pero nacemos libres, crecemos con orgullo porque aprendemos de la vida. ¿morimos libres? Pienso que NO.
Otras personas disponen de nuestras vidas. ¿por qué? Mil veces me hago la misma pregunta.
Cierro los ojos un momento, y escucho de nuevo el silencio de la noche. Un gato maúlla en la calle, y se escucha cómo riegan la calle con grandes mangueras. Es de madrugada. Siento la paz de ese momento.
Y vuelvo a despertar, cuando recuerdo la ola de atentados, violaciones, peleas, robos, muertes y guerras, que entran por nuestras casas en las noticias. ¡Malditas guerras!
Nunca entenderé cómo el ser humano puede llegar a esos extremos. ¡Tantas guerras y tantos años! ¿es que nunca se acaban?
Pero entonces se borran de mi mente las armas, los saqueos, las huidas... y recuerdo otra guerra.
Una guerra que es más difícil de atacar, una guerra que es más difícil de ganar.
La guerra que mantenemos cada uno de nosotros, dentro de nosotros.
Esa guerra que duele, espiritual y moralmente. Que el dolor físico, al fin, se cura, se acaba... pero éste último se queda ahí dentro, y se hace llaga.
Y en ese momento necesitamos la ayuda de alguien, que nos entienda, que nos explique el porqué de tanto mal.
¿POR QUÉ? Martillea incesantemente en mi cabeza, una y otra vez... y taladra mi espíritu y lo hace frágil... pero no obtengo respuesta.

¿lo sabes tú, pequeño pajarillo que cantas?, ¿o tú libélula que vuela por el agua?, o ¿tú, niño de los cielos?
¿Lo sabe usted, jefe del poder? ¿o usted, amigo carpintero?"

30 de marzo de 2011

AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UNA BODA, LA MÍA

Quienes me conocen mucho, o de muchos años, saben que el día de mi boda fue un día muy especial. Una boda soñada y muy emocionante. Una boda donde rompía con un pasado, e iniciaba un futuro lleno de ilusiones.
Como tantas novias, esperaba ese día con mucha ilusión, y también deseaba que todo saliera bien.
Y como sabéis, tuvo sus fallitos, que unos años después, sólo arrancan en mí sonrisas y carcajadas.
Pues empiezo.
Mi historia de amor comenzó tres años antes.
Me trasladé a Málaga, a un bloque de viviendas de una avenida de Málaga, con 17 años, sin conocer a nadie.
Uno de mis vecinos, muy discreto, muy educado y muy guapo, se fijó en mí. Yo no me dí cuenta, pero él esperaba en la puerta del bloque a que yo pasara, y casualmente siemrpre me lo encontraba.
Que si había ido a comprar sellos, que si venía de estudiar, que si esperaba a su padre, que si había bajado a ver la moto de sus hermanos...
Excusas para verme cuando venía yo del instituto. Y yo, tonta de mí, ni me dí cuenta.
Un día invitó a mi amiga Sole y a mí a su casa a ver su equipo de música. En aquellos años él había trabajado y le gustaba mucho la música. En su casa había una habitación donde dormían los tres hermanos, que se convertía durante el día en una habitación de estar, con música, sillas, y luces en el techo, imitando una discoteca.
A mi amiga Sole le gustaba, y vió el cielo abierto cuando nos invitó a su casa.
A la salida, mi amiga me comentó que no tenía nada que hacer, que sólo tenía ojos para mí.
Desde entonces, poquito a poco fue enamorándome, y ahí comenzó nuestra historia de amor.
Por un asunto familiar grave, me fui a Jaén y estuvimos tres años separados. Nuestra historia pasó por un gran obstáculo: la distancia. Pero no pudo con nosotros, y continuamos adelante.
Poco tiempo antes de nuestra boda, él estaba inseguro de lo nuestro, ya que la separación era dura. En aquellos años no podíamos vernos como queríamos; viajes interminables que duraban 5 horas de ida, y 5 de vuelta, para vernos sólo unas pocas horas, y tampoco podíamos hacerlo en la intimidad. ¡Eran otros años!
Pues en una fiesta, tuve que pedirle que se casara conmigo. jajajajaj, bueno, en realidad, fue en una fiesta de despedida de solteros que hicimos con amigos y amigas, de Málaga y Jaén, y el vinito hizo todo lo demás, jajajajja.
Siempre he sido muy romántica, y me ví todas las películas de "Sissi Emperatriz". Las películas que había antes, que sólo había dos cadenas, y los sábados echaban sesiones interminables de películas rosas.
Yo veía esas bodas de princesas y reinas, con unas largas alfombras rojas, con damas de honor vestidas iguales, con muchas flores, y con un guapo príncipe a su lado.
Yo tenía el príncipe, me faltaba todo lo demás.
Pues cuando decidí preparar mi boda, pensé que tendría todo lo que había soñado de pequeña:
Sería una boda especial, de color blanco y rosa, con damas de honor vestidas iguales, con una tarta muy elegante con muchos pisos, y muchas otras sorpresas.
No tuve en cuenta que mi boda la preparé en menos de tres meses y sin muchos medios económicos. Pero tenía que ser, ahora o nunca. No podía esperar otro año más, y más tiempo separados. Encontramos un piso, hablamos con el cura y buscamos un local donde celebrarlo. Por supuesto, tenía que ser en Jaén.
Manolo estaba en Málaga, y yo desde Jaén estuve preparando mi boda, casi sola. Mis amigas me animaban y yo preparaba lo que podía. Mi madre hacía lo que podía, pero siempre estaba muy triste, ya que se suponía que la primera boda que tendría que estar preparando sería la de mi hermana Ana Mari, y no tenía ninguna ganas de fiesta. Al contrario, se ponía a llorar o muy triste cuando le hablaba de algo relacionado con la boda.
Por eso, con 23 años, me sentía muy sola en todo este jaleo. Hice lo que pude.
Conseguí tener mis damas de honor. Mi tía Angelita, muy buena modista, compró la tela en el mercadillo de Jaén (más tarde resultó que el tul de las faldas, era el mismo que cubría el altar de la Iglesia).
Mi amiga Maite de Málaga, mis hermanas Trini y Alicia, y mis primas Ana Belén, Mª del Mar y Mª Carmen fueron mis damas de honor. Mi amiga Maite se trajo la tela a Málaga, y su madre, con unos patrones de una revista de costura, "Burda", le hizo su traje.
Mi prima Lourdes, de 11 años, fue quien me llevó las arras, y mi tía Angelita, su madre, le hizo un vestido de la misma tela que el mio, pero de niña. Raso blanco con florecitas rosas.
Mi vestido era muy cursi. Estuve buscando por muchos sitios. Mis preferidos estaban en Pronovias. En aquel tiempo era a lo que podía aspirar. Los demás eran bastante caros, y esos no estaban mal en cuanto a calidad/precio. Y eran modelos muy bonitos.
Pero seguían siendo caros, y no sabía cómo iba a pagarlos. La situación familiar estaba mal.
Pero un día pasé por una de esas tiendas en cuyo escaparate nunca me habría parado, y allí había un vestido que me llamó la atención. Era de raso blanco, con una pequeña cola de volantes con florecitas rosas, y mangas de farolillo. Era de palabra de honor, ¿se dice así?  No estoy muy puesta en todos estos términos
Me gustó mucho. Era un vestido muy parecido a los vestidos de las princesas que veía en mis películas, en mis libros de cuentos infantiles.
Y lo mejor de todo, que no era muy caro. Mi madre me lo compró, como regalo de boda.
Yo tenía el pelo corto, rizado, y me quisieron poner un  tocado en el pelo. Al final, me quedé con una floripondia, que me puse en el lateral, y que le salían unas hojitas que se me hincaban en la cabeza. Parecía una araña más que un tocado. Pero me quedé con él, y aunque luego en las fotos no me gustaron, ni me acordé de quitármelo.
Con mi pelo rizado, no iba mucho a la peluquería, pero tenía una donde me gustaba ir, porque el peluquero me peinaba muy bien. Pero cuando le dije el día que me casa, me dijo que estaría fuera. En aquel momento no se llevaba contratar la peluquería un año antes. Tuve que buscar una peluquería desesperadamente, y lo que encontré fue peor.
Con mi pelo rizado, me cogieron los rulos, y salí de  allí con la cabeza que parecía un astronauta, con muchos cables y botones... Menos mal que mi cuñada, Mª Ángeles, que en aquel momento estaba estudiando peluquería (me aplacó un poco aquel pelo. ¡Un desastre!). Ahora es empresaria, tiene una peluquería, y se dedica a peinar novias.... ¡Lo que es la vida!
Ahora vamos al tema de las flores.
Resulta, que yo trabajaba en la policía local de Jaén, y había un compañero, que se llamaba Bernabé, que era floristero además de policía.
Él y yo habíamos hablado mucho de mi boda. Quería que fuera algo especial, y él me iba a realizar el ramo de novia. Me comentó que me haría dos. Uno de novia, con flores blancas y rosas (como yo quería como colores en mi boda) y otro, dominando el rojo, pero también de novia, para después de la ceremonia religiosa. Eso tenía un significado: Ya me había casado. Ya no podría acercarse nadie con otras intenciones. Las flores tienen un lenguaje muy particular. No se iba a enterar nadie, era una de mis sorpresas para ese día.
¡Pues nada, todo hablado y bien cerrado!
Pues quince días antes de mi boda, este buen hombre enferma y muere.
¡Otro obstáculo para realizar mis sueños! Además de la pena de perder a un compañero que era muy buena persona, me encontré buscando de prisa y corriendo una floristería donde encargar las flores para ese día. Quería seguir con la misma idea, también en honor de esta persona. Y les expliqué lo que quería, y parece que lo entendiero, o eso pensaba yo. Y llegó el día de mi boda.
En mi casa había mucho jaleo. Mi madre llorando por el recuerdo de mi hermana mayor, que no estaba desde hacía tres años; la gente de Málaga, que llegó en un autobús y estuvo todo el día cantando y contando chistes al lado de mi casa: ¡que viva la novia, pero que no viva tan lejos...!
Mis hermanas nerviosas. El novio en casa de mi abuela (dos pisos más abajo) arreglándose con su familia.
Y llegan las flores. Mi ramo de novia, muy bonito y sencillo, con rosas de color rosa... y el ramo rojo... ¡bueno, era una docena de claveles rojos en un papel de celofán!
Yo no sé quién tuvo la magnífica idea de intentar hacer algo con él.
Se le cortaron los tallos, se juntaron todos los claveles, y se le puso un papel de alumnio alrededor. O sea, intentando hacer un bouquet... jajajajajaj, pero qué tontas fuimos. Nadie se dió cuenta, cogió las riendas y dejó los claveles en la bañera, en un cubo con agua, para otra ocasión. ¡nada!
Preparamos un"ramo de novia rojo".
La idea era que mientras firmaba en la Iglesia, alguien cogería el ramo (que llevaríamos a mi hermana allí donde se supone que está -que yo dudo que esté allí, todo sea de paso-), y y me traería el rojo. ¡Pero por favor! ¿nadie se dió cuenta que eso era una estupidez? Pues nada, seguimos adelante con el plan.
Aquí está el momento de la firma, y nunca más ví mi ramo de novia, el verdadero ramo de novia, el que tendría que aparecer en el reportaje de boda, después en los jardines.... 
¡ay, si se pudiera volver atrás!


Ni siquiera el buenísimo fotógrafo, de la familia, para más ende, que me haría unas fotos fantásticas, se dió cuenta de este detalle. ¡Bueno, lo de las fotos fantásticas era un decir, porque ya os contaré más abajo cómo fue el tema! jajajaj, si es que me acuerdo y me dan ganas de llorar.
Pues ahí estoy, en todas mis fotos, con una docena de claveles rojos, apretujados, con papel de aluminio y con un lazo rojo de cinta de papel. Al final, cuando fuimos al castillo, ya desperté y deseché el ramo.   O sea, ni una foto con un ramo de novia, ni el malo, ni el bueno.
Y eso me produjo un trauma bien grande, una obsesión. Cuando mi hermana Alicia se casó, unos cuantos años más tarde, yo le hice el reportaje de fotos, y en todas las fotos está el ramo. No quería que faltara. Tanto es así, que no hay ni una foto de ella sola sin el ramo, y el vestido que le había hecho mi tía, su madrina, llevaba unos adornos en la cintura muy bonitos, que en ninguna foto se aprecian, por culpa del ramo, que siempre estaba delante. ¡Enfin! Eso son traumas infantiles...
EL REPORTAJE DE FOTOGRAFÍAS                                                                                       
Eso fue otro tema. Yo tenía un amigo, al cual llevaba mis fotos a revelar, con el que tenía mucha confianza para que me hiciera las fotos. Yo quería unas fotos originales, no las típìcas con las típicas poses de todos los reportajes de boda. En aquel tiempo tampoco había dónde elegir. Y mi amigo me conocía y sabía lo que quería.                                                  
Era un buen fotógrafo. Pero mi madre se empeñó en que fuera un primo suyo, al que no veía desde que era chica, y que yo no sabía ni que existía. Sí había oido hablar de su madre, o sea, la tía de mi madre. Se empeñó y se empeñó  y no pude hacer nada. Eso sería un desplante para la familia.                 
Así es que le expliqué a este muchacho lo que quería, y creo que no me entendió muy bien, o tuve muy mala suerte, una vez más. No digo que fueran unas fotos malas, ni mucho menos, pero no lo que yo esperaba.
Concluyo: Sabía que llevaba mis 6 damas de honor, con cestas y pétalos de rosa. Las cestas las compramos en el mercadillo y las pintamos nosotras. Y le pusimos unos lazos rosas.
Pues ni una foto de las damas de honor, NI UNA. Ni individuales, ni en grupo. Sólo tengo las que hicieron amigos míos con sus cámaras, que en aquel entonces eran malillas, y nadie sabía hacer fotos como ahora.
Y las demás fotos fue otro tema. De naturales, como yo quería, ¡nada de nada!.
De poses superficiales, como yo no quería, todo lo demás. Tengo una que es una panzá de reír, lo que pasa es que no la encuentro.
Estamos en el castillo de Jaén. Al fotógrafo debió gustarle mi cola de volantes, porque siempre me la ponía delante de mí, muy bien colocadita, muy puesta, muy natural...
Los volantes muy bien colocados, sin arrugarse... El novio, en esa foto (cosa rara, porque nunca salía) estaba a mi lado. El fotógrafo me pedía que le mirara,  que levantara la cabeza. "Tuerce la  cabeza hacia la derecha -decía-. Ahora baja la barbilla, levanta el hombro derecho, mira hacia arriba, y ahora mueve con cuidado la cintura y rodea hacia tu izquierda.... ¿Os podéis imaginar? ¡qué postura más rara y complicada! Eso era de lo más innatural que te puedes echar a la cara. Pues ahí está, en el salón de casa de mi suegra, donde sólo se ve cola del vestido, y vestido, y en todo lo alto, una cabecilla retorcida con mirada de boba....
TARTA:
Y ahora lo de la tarta. ¡Otro tema para recordar y para contar como anécdota de esa boda maravillosa y llena de sorpresas que pretendía!
Todas las tartas de las bodas eran iguales. Bizcocho de chocolate, nata y floripondias en forma de rosa, de varios colores. Al menos, las que yo me podía permitir.
Encontré una pastelería donde hacían algunas cosas más especiales. Les comenté que quería una tarta con varios pisos, de merengue y adornada con fresas, y lazos rosas, y en lo alto, un cisne que ví en una foto que tenían de muestrario. Un cisne precioso. Le daba una elegancia a la tarta que me gustó mucho.
¡¡Pues nada!! Encargo la tarta. Yo toda ilusionada. Era otra sorpresa para la boda. ¡Mi boda estaría llena de sorpresas, como a mí me gustaba!
Llega el gran día, y me llevan la tarta al restaurante.
Yo noto algo raro, pero con el jaleo, los nervios, no me doy cuenta de nada más. Pero la tarta no lucía como yo había esperado.
Sonó la música nupcial, el camarero nos pasó una espada que se sacaron de no se sabe dónde, y cortamos la tarta. Aplausos, flash de las cámaras, prueba de la tarta, y un beso para el álbum de fotos. La tarta estaba riquísima, rellena de fresas.
Cuando ví las fotos, me dí cuenta que el cisne no estaba.
Me llegué a la tienda y me explicaron todo. Resulta, que al trasladar la tarta en la furgoneta, se les cayó, y el cisne se rompió. ¡Nunca llegué a verlo! Y lo único que tenían a mano era un pato. Un pato regordete, pequeñito, y con cara de asustado, que recibió una estocada con la espada. jajajjaja.
Las fotos de mis amigos, eran tan malas, que ni se ve el rosa, ni el pato, ni nada.... ¡Y menos mal!
Y según parece, cuando le reclamé al fotógrafo más fotos, sobre todo aquellas que eché de menos, me dijo que se le había estropeado el carrete, o algo así. NO tengo fotos de reportaje con mi padre, con mi madre, con mi familia más allegada. Y encima, ahora no las encuentro. ¡si es que parece que me echaron una maldición! ¡Menos mal que aún seguimos juntos, porque si no, ya sería el colmo!
Pero a pesar de todo, la boda fue muy bonita.
Todo en blanco y rosa, como había soñado de pequeña. ¡Una ñoñería, lo sé, pero era mi sueño, y tenía 23 años, y hace ya casi 26!
Mis damas de honor vestidas iguales, muy formalitas. La niña de las arras, que me acompañó, mi prima Lourdes, a la que quería muchísimo, y con la que jugaba mucho.
Mi tarta de tantos pisos, mi familia.
La ceremonia religiosa preciosa. La lectura de San Pablo a Los Corintios, que leí yo:
    "... El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidias..."
Nos casamos nosotros mismos.
Manolo: "Yo Manolo, te quiero a tí Mª Ángeles como esposa, y prometo serte fiel, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida".
Mª Ángeles: "Yo Mª Ángeles, te quiero a tí Manolo como esposo, y prometo serte fiel, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida".
Hubo lágrimas en la ceremonia. De mi abuela, de mis amigas, hasta del novio. Lágrimas que sequé cuando íbamos en el coche.
Hubo mucha alegría. La familia de Manolo, unas 50 personas que venían de Málaga, estuvieron cantando, contando chistes, aplaudiendo cada ocurrencia... Mi familia, se entusiasmó de tanta fiesta, y participaron  en la misma. Mi tío Manolo, su tío Manolo... los dos iguales, los dos chistosos....
Lo único malo es que se tuvieron que ir muy pronto. En aquel tiempo la carretera estaba muy mal, y tardaban mucho en llegar. Y el conductor del autobús no esperó nada. 
Fue una boda muy, muy alegre, donde todos nos lo pasamos muy bien.
Y esta fue una buena muestra de  cómo terminó todo, antes de irnos a una discoteca a seguir con la fiesta.
 Brindando y agradeciendo a todas las personas que vinieron a nuestra boda: mis compañeros y compañeras de trabajo, de la Policía Local de Jaén; nuestros amigos y amigas de Málaga, Fernando, Maite, Toñi y Paloma; mis amigos y amigas de Jaén; la familia de Málaga; la familia de Jaén...

Y el vídeo, jajajaj, el vídeo es para hincharse de reír...
En casa, mis hermanas pasando delante de mí, mientras grababan. Yo muy "mandona" les decía que no me taparan la cara, y mi hermana Trini venga pasar. ¡otra vez! Mi madre le reñía :"Mª Trini, no hagas el ganso", jajajaj.
Al salir del cuarto el banquete en medio, la bicicleta estática por allí, las paredes empapeladas con unas floripondias... jajajaj, ¡qué glamour!
Mis hijos e hija lo ven, y se parten de la risa
 Una foto del reportaje que andaba por ahí. Las demás, no las encuentro. Tengo que buscar por toda la casa. No quiero perderlas.

12 de marzo de 2011

UNA LLAMADA INESPERADA

UNA LLAMADA INESPERADA

Mónica estudíó Administración de Empresas, y para pagar su carrera, trabajó de presentadora de cosméticos.
Era muy fácil vivir a su lado, porque ella lo hacía todo muy fácil; no se enfadaba por tonterías, no discutían, sino que dialogaba; no pretendía que él cambiara, sino que lo respetaba. Y siempre tenía una conversación fluida y amena.

Le salió la oportunidad de su vida, cuando le ofrecieron llevar una franquicia de una marca de cosméticos muy exitosa en Londres, con un grupo de gente a su cargo, y posibilidad de ascender a puestos de mayor categoría.

Él no quería que se marchara. Su carrera política estaba en un punto muy difícil. Se acercaban las elecciones. No pensaba en otra cosa. Ni siquiera se sentó a hablar del tema, con una copa de vino entre las manos, como hacían habitualmente cuando tenían que tomar decisiones.

Mantuvieron contacto telefónico durante dos años, y una o dos visitas en fechas señaladas. Él, siempre aferrado a sus conferencias, pendiente de una entrevista en un medio de comunicación, esperando continuamente las estadísticas de intención de voto, etc....

           -Mañana saco el billete, cariño
           -Cariño, hasta el mes que viene no puedo salir de aqui....

Así era una y otra vez. La voz de Mónica, tras el auricular, sonaba cada vez más apagada. Ya no le contaba con tanto entusiasmo las ventas que había hecho ese mes, ni le hacía partícipe de su proyecto de ampliación, ni del personal que había tenido que contratar para poder abarcar el mercado de clientes.

Eduardo comenzó a echarla de menos cuando se dio cuenta que sólo recibía malas caras a su alrededor, que nadie se paraba a decirle que tenía una corbata que le sentaba muy bien, o a preguntarle qué tal había dormido, y si recordaba el color de sus sueños.

El olor a café recién hecho, mezclado con el olor de la hierbabuena en el té de "dulce invierno" que a ella le gustaba, lo acompañaba en su memoria, porque ahora estaba ausente.

Se vestía rápido y salía pronto a la calle, para escaparse de ese frío que sentía cada vez que miraba la cocina vacía, sin la música de la radio, ni los tulipanes en el jarrón azul de la mesita de la entrada, ni la goma del pelo sobre la encimera del baño, y tantas y tantas otras cosas que le recordaban a ella.

Tenía que recuperarla. Tenía que hacerle olvidar que en el momento más importante de su vida, cuando se le abría un futuro prometedor, lleno de inseguridades por la responsabilidad del cargo y de ilusiones por la nueva situación, la había dejado sola. Ella que lo acompañó en cada visita a los pueblos, en cada mitin hasta las doce de la noche, en cada momento de desasosiego por un mal resultado.

El avión tenía que haber salido ya.

Eduardo estaba en la Terminal 1 del aeropuerto de Barcelona. Había llegado hacía más de media hora, y ya se estaba impacientando.

Una azafata de información, de piel blanca, ojos grandes y expresivos y cabello ligeramente despeinado, como si una ráfaga de viento la hubiera sorprendido, lo saludó amablemente cuando se acercó a preguntar. Le habló en un perfecto inglés cuando Eduardo se dirigió a ella en ese idioma, utilizado adrede para practicar la pronunciación, y así estar más preparado para su destino.

Se dirigió, llevando dos pesadas maletas, un maletín y un ramo de tulipanes, a recoger su tarjeta de embarque. No tuvo ninguna duda, cuando vio la cola de personas que estaba esperando para facturar, que le quedaría aún mucho tiempo para salir.

La cola se hacía cada vez más grande. Había bullicio, niños que correteaban de un lado a otro. Las madres, nerviosas, sin querer dejar su sitio en la cola, no sabían qué hacer con ellos, avergonzadas por el espectáculo, y a la vez, buscando una sonrisa cómplice que les recordara que era cosa de niños.

Los empleados de la compañía aérea correspondiente, estaban saturados por la cantidad de personas que tenían que atender, y del poco tiempo del que disponían. De todas formas, no se notaba tal agobio. Paciencia, voz amable y sonrisa permanente eran sus armas para atender a tantas personas que ya estaban perdiendo los nervios.

Eduardo impecablemente vestido, con traje de chaqueta azul oscuro, cabello incipientemente canoso, echado hacia atrás, mira nervioso su reloj. Se muerde los labios, mientras vuelve la cabeza hacia un lado y hacia otro, esperando que alguien le conteste a su llamada de socorro, como si pudiera adelantar el tiempo, el tiempo perdido.

Tenía el billete sacado desde hacía un mes... Le costó trabajo decidirse. Si lo compraba, tenía que marchar, no habría vuelta a trás. Si no lo compraba, se arrepentiría. ¡Estaba seguro! Y no podía aguantar más esta situación.

Le da tiempo a pensar en su pasado. Visualiza sus años de juventud. Quería vivir la vida, sin preocupaciones. Quería llegar a ser un político de renombre. Alcanzar su sueño de poder, pero sin mucho esfuerzo. Nunca había sido buen estudiante. No quería tener responsabilidades, ni perro que le ladrara.

Pero en su vida se cruzó Mónica, una muchacha menuda, de andares simpáticos. Parecía un pajarito cada vez que iba a su encuentro, dando saltos, como un gorrión, sin apenas hacer ruido. Si la piropeaba, la nariz respingona se le ponía colorada, y arrancaba una sonrisa a Eduardo.

La llamó y le prometió que iría a verla. Le prometió que estaría allí para la inauguración de su nuevo local, y la presentación de una nueva campaña publicitaria, que ella misma había diseñado.

Decidido, esta vez sí, y habiendo encontrado trabajo en Londres, sabía que hacía lo correcto. Ahora sí.

De pronto Eduardo despierta de su sueño cuando oye que la sintonía de su móvil está sonando cada vez más fuerte, desde hace unos minutos, insistente, después de dos intentonas.

Reacciona con sobresalto. No se lo esperaba. Le toca el turno de entregar su documentación para facturar el equipaje, y de hecho, mientras atiende la llamada, le ponen la etiqueta de identificación en las maletas.

Todos están pendientes de él, porque está atrasando la tarea, y están impacientes por llegar ya al mostrador que les acerca más a su destino.

Se oye un grito desgarrador. A Eduardo se le cae el maletín que llevaba en la mano, su cara se vuelve pálida de pronto, un sudor frío recorre todo su cuerpo y cae, desmayado, sobre el suelo frío del aeropuerto.

Los pasajeros que le rodean comienzan a desabrocharle la camisa clara de rayas, le arrancan la corbata que había elegido esa misma mañana, la de color rosa mosqueta, la que le regaló Mónica el día de su primer mitin, y que no había estrenado porque le parecía demasiado buena, y guardaba para una mejor ocasión. La dejan caer junto al maletín, abierto de par en par, con fotografías y cartas desparramadas por el suelo, mientras llaman a los vigilantes para que avisen a un médico.

El ramo de tulipanes que llevaba en la otra mano, también cayó, sin orden, sobre el maletín, sobre el asiento frío de la sala de espera, sobre el cenicero que había en la esquina.

El sonido de la ambulancia se acerca cada vez más. Los pasajeros comienzan a volver a sus respectivos lugares; el personal del aeropuerto acude a sus puestos de trabajo, y un médico de Aena está junto a Eduardo. solos. Eduardo y él, y de sintonía en este momento, el pi-pi-pi del móvil.

                                                                    FIN