10 de junio de 2016

EL BESO DE TUS NOCHES

Esa noche se fue pronto a la cama. Estaba más distante que otros días, exhausta, diría yo. Se movía de una habitación a otra con la cabeza gacha, y arrastrando los pies. Su mirada casi perdida, no fijaba la vista en ningún punto. El sueño la vencía.

Yo le hablaba mientras ella emitía sonidos casi ininteligibles, o contestaba con un breve No, Sí. No quise agobiarla más y callé.

Se aseó, como de costumbre, antes de dormir. Se lavó los dientes. Cerró la puerta del baño. Entró de nuevo a la cocina. Bebió un vaso de agua y a la vuelta, apagó la luz del pasillo.

La veía ir y venir, sin apenas hacer ruido. La dejé hacer mientras la observaba, en silencio.

Se olvidó de llevar la jaula del pájaro al lavadero. No bajó la persiana de la ventana de su salita, donde pasa la mayor parte del día, "en el banco de la paciencia" -como dice ella-, para evitar que por las mañanas entre demasiada luz y despierte a Duque, su caniche, el objeto de sus juegos y sus risas.

Cerró la puerta del cuarto, pero olvidó darme las buenas noches, como hace cada noche, cada día. Yo aún no había pasado para besarla y abrazarla. El último abrazo del día. El último beso del día.

Entré a los pocos minutos, y ya estaba en la cama.

- Mamá, mamá, -susurré-. Pero mamá dormía plácidamente. Ni los párpados movió.

La miré durante unos segundos, y sólo oía su respiración.

Me iba ya a mi cuarto, dispuesta a no molestarla, pero volví sobre mis pasos, me acerqué a su cama, me agaché suavemente y la besé en la mejilla. Que tengas dulces sueños -pensé mientras lo hacía-.

A la mañana siguiente, la luz entraba por la ventana, pero mamá seguía durmiendo en la misma postura que la dejé la noche anterior. ¡Parece que esta noche ha tenido dulces y reparadores sueños!.

Unas horas después, le comenta a su cuidadora, Mari Francis -mi confidente-, que al despertar pensó en mí, y que sabe cuánto la quiero. Que le doy muchos besos y abrazos, a pesar de que reconoce que soy "un desastre". Pero que anoche se fue temprano a la cama y no se los dí.

- Claro que sí te lo dí, mamá. Como todas las noches. Mientras esté aquí, no te faltarán.

Cada noche te regalaré un beso y un abrazo. Aunque no te des cuenta, yo velaré tus sueños, al igual que hacías cuando yo, aún, era una bebé. Yo tampoco recordaba el amor que me dabas, las noches que pasabas en vela cuando enfermaba, o cuando ahuyentabas mis pesadillas con cuentos, cancioncillas y carantoñas.

Ahora te envolveré entre mis brazos, y te apretaré para que me sientas. Para que recuerdes, cada mañana, lo mucho que te quiero. Y que éste no será tu último beso, ni tu último abrazo. Aún te quedan muchos por recibir.


3 de junio de 2016

PÍDEME LA LUNA. La virtud de la paciencia.

Segunda práctica del taller de periodismo literario de Guillermo Busutil, en Taller Paréntesis.
Más íntima y directa al corazón.
Pero es que me pasa una cosa: cuando intento escribir sobre un tema concreto, no me sale nada. Le doy vueltas y vueltas y casi siempre termino cambiando de tema.
Pero cuando me llega la musa o estoy inspirada, y me pongo a escribir, nunca sé de qué lo voy a hacer. ¿sabéis cómo me siento? NO os riáis, por favor. Pues me siento como si alguien moviera la mano por mí, y no sé ni lo que escribo. Después lo leo y me sorprendo yo misma del tema elegido, o de cómo lo he expresado.
Tampoco sé cómo voy a acabar. Porque según el día, me voy por unos derroteros u otros. En ocasiones irónica, y en otras más sensiblera.
¡Así soy yo!

PÍDEME LA LUNA
Por Mª Ángeles Sánchez Serrano

Hay momentos en la vida en los que sólo te interesa hacer feliz a alguien.

Saber que con una palabra, con un gesto o con una acción vas a desencadenar que esa persona reciba una sorpresa agradable, y que se le ilumine la cara, es lo único que ahora importa.

Y si sabes que esa persona, algún día, más temprano o más tarde, va a dejar de entusiasmarse y sonreír, entonces lo haces SÍ o SÍ. Sin importarte nada más. Dejando de lado tu propio bien, tus intereses. Dejando de lado otras palabras, otras acciones de otras gentes.

Así se comporta esta enfermedad, el alzhéimer, con una pérdida de interés, cambios de estado de ánimo y depresiones, entre sus síntomas más destacados y visibles.

Considerada ya como la "Epidemia del siglo XXI", con una incidencia de 24 millones de personas afectadas en todo el mundo y que podría alcanzar más de 80 millones en 2040.

Una cifra que da miedo. Si leemos las estadísticas y seguimos hurgando en la herida, más de tres millones de personas nos vemos afectadas por esta enfermedad, entre pacientes, familiares y cuidadores. Es una realidad y así hay que vivirla.

De poco sirven las lecturas, la información y los consejos. Te guían, eso sí, a comprender y entender. Pero el día a día es el que te enseña. La intuición y la propia personalidad de quien cuida.

Mucho de imaginación y mucho amor; pero sobre todo, mucha paciencia. Ésa es la clave. Paciencia. Preciosa en sonido. Inmensa en contenido.

Con esta enfermedad cada día se aprende algo nuevo. Cada día te enfrentas a un reto que hay que superar y en este mar de vaivenes, hay ocasiones que te relajas, cuando ves que pasan los días y algo ha cambiado. Se instala entonces la calma y vuelve la razón, o eso te lo parece. Te acomodas porque, aunque cada momento bueno dure un suspiro, lo estiras como chicle, todo lo que puedes.

Pero una tarde, cuando tú también estás saturada, de pronto aparece lo que tanto temías. Te pilla de sorpresa, porque a lo bueno se acostumbra una muy pronto. Mantienes una lucha contigo misma y contra esa enfermedad que arrebata la razón y te deja sin argumentos. Peleas, intentas razonar, te hiere, luchas... Explotas. Y al final, te retiras. 

Vuelves con tu mejor sonrisa. Te sientas a su lado como si nada hubiera pasada. Recompones tu estrategia y sacas la fuerza que reservas para momentos así.

La batalla ha comenzado de nuevo. Y a ésta no se la vence con la fuerza ni la violencia. A esta batalla hay que hacerle frente con cariño y amor y con esa gran dosis de paciencia.

Ante este panorama, si me pidiese que le bajara la luna, la luna le bajaría. Y si no lo consiguiera, una luna le dibujaría. Porque para una que suscribe, no hay nadie en este mundo que lo merezca más, que quien me dio la vida antes y después de nacer.

NOTA DE CLASE:  El día que leí llevaba dos columnas escritas. Y para mí las dos eran igual de especiales. Les dí a elegir, y al final, mi profesor se quedó con ésta. Le apetecía que alguien leyera algo de este tipo.
En general las correcciones no estuvieron mal. Siempre se aprende de la opinión de las demás personas. Y sobre todo del profesor, de Guillermo. Gran periodista a quien me encanta leer. Como periodista y como escritor.
Así es que atendiendo a sus indicaciones, y tras leer de nuevo revisando comas y puntos, así ha quedado mi columna.
Y no vuelvo a leerla más, porque si no, vuelvo a introducir o quitar.. y no quiero ni puedo.

26 de mayo de 2016

EL BOOM DE LA CENTRALITA VIRTUAL. Práctica del Taller de Periodismo Literario.

Hace un mes que comencé un taller de Periodismo Literario con el periodista y escritor, Guillermo Busutil. Lo imparten en  Paréntesis,  Asociación cultural dedicada al fomento de la literatura, el arte y la creatividad.
Tardé en escribir mi primer ejercicio. Y después de darle vueltas a varios temas, empezar desde distintas ópticas, el día a día de mi trabajo me dio la clave para la que escribí definitivamente. Y no creas que lo hice meditándolo, no, basada en el cabreo y la hartura de un hecho cotidiano.


EL BOOM DE LA CENTRALITA VIRTUAL
Por: Mª Ángeles Sánchez Serrano

Que digo yo. ¿Y tantas máquinas, para qué? ¿Nos facilitan de verdad la vida?

Cierto es que las administraciones, en pos de prestar mejores servicios a la ciudadanía, implantan el servicio de atención telefónica, la centralita. Ésa que te atiende repetidamente:

- ¡Está Vd. llamando, al ayuntamiento de….! ¡Ya empezamos!
- Si quiere hablar con planificación, pulse uno. Si desea hablar con Informática pulse dos, o con Servicios Generales, pulse tres. Y así, una retahíla de servicios y números, pero el tuyo, no está.

- Y si no, en breves momentos le atenderá un operador. ¡vale, mejor espero!
Piiii, piiii, piiii, o música enlatada por respuesta.

Las empresas suministradoras de estas centralitas pregonan a los cuatro vientos, que la utilización de estos aparatos supone una solución práctica y sencilla. Sencilla para mejorar los resultados y la comunicación en las empresas, incluso con el exterior. Y un ahorro económico para las mismas, importante, que no pongo en duda.

- Sí, sí, todo eso está muy bien, pero ¿a mí quién me atiende?

Y ya no te digo si me salta el contestador y tengo que dejar el mensaje... ¡ay, si  es que hasta nerviosa me pongo! Y eso que una, para estos casos, tiene sus estrategias. Me preparo, me imagino que tras ese aparato hay una persona que me escucha, y entablo una conversación a dos, donde sólo habla una, yo.

Que sí, que estoy de acuerdo en que cuando atiende una de estas centralitas virtuales, me atuso el cabello, alzo los hombros y me preparo para hablar con una empresa moderna y actual. Y seguro que dispone de muchos departamentos, y una gran plantilla, que hace de ella una empresa potente.

También sé que para cualquier persona que trabaje por su cuenta, si no tiene un contestador que atienda sus llamadas, la cosa se complica: llamadas perdidas, clientes que se pierden, el perro que ladra más de la cuenta, ante una llamada persistente… Optimización del trabajo, lo llaman. Y como decía el presidente americano, Benjamín Franklim,  "El tiempo es dinero", y que en cualquier entorno empresarial es una realidad muy presente que cobra especial importancia para personas emprendedoreas, autónomas y que dirigen medianas o pequeñas empresas. 

¡Pero por favor, esas centralitas, que funcionen! A ver, servicios generales uno, planeamiento dos, ¿y quién resuelve mi tema? Y después de repetir lo mismo dos o tres veces, y con un mosqueo del 10, se corta, y me quedo a dos velas. Tiempo perdido.

Lo que más me preocupa de todo esto, es que se desvanece el carácter humano; esa voz que te resulta familiar y que sabe dónde se ubica cada uno de sus trabajadores o trabajadoras, porque a mí, tanta voz metálica enlatada, me desubica.

Leí hace poco que los países en desarrollo deben abordar cuestiones técnicas y socioecnómicas para introducir la telefonía virtual y a tal efecto se ha creado un Grupo de Expertos, nada más y nada menos, que desempeñan las tareas definitivas para la introducción de la telefonía IP. ¡vamos, que serio es, un rato!

Pero en la retina de nuestra memoria histórica están aquellas operadoras con auriculares, sentadas ante unos paneles con agujeros y muchos cables, que insertaban con maestría y rapidez, y ponían en comunicación a todo el mundo.

Es más, aunque esté de acuerdo en que la evolución de las telecomunicaciones es imparable, que el trabajo que se realiza va en  beneficio de una mejor comunicación entre la ciudadanía, y todo eso… llámenme antigua, pero es que yo, prefiero la comunicación más personal.

- ¿Dígame? ¿En qué puedo atenderle

Málaga, mayo de 2016

NOTA. El reconocimiento de mis compañeros y compañeras ha sido casi unánime, y del profesor, que me felicitó y eso me animó a continuar con los ejercicios sin tanto miedo. 
Irónica y rápida, fresca con un lenguaje coloquial y atractivo. Y que tenía el estilo de la escritora y periodista Luz Sánchez-Mellado. ¡Casi ná!
También se comentó que era la única que había puesto el texto con foto y todo, como se suelen presentar estos documentos en las revistas o publicaciones donde aparecen. 
Un compañero también añadió que había metido sonidos a la columna, y que gustó mucho en general. 

6 de julio de 2015

CHIQUI SWEET, EL LADO DULCE DE LA DIABETES. VEINTE MINUTOS DE UN EJEMPLO DE VIDA

Veinte minutos separan en el tiempo el centro de Málaga y mi casa. Veinte minutos andando, despacito.
En mitad del camino se me ocurre sentarme a resguardarme del calor y del cansancio. Abro el libro de la presentación a la que he aistido hoy y empiezo con el saludo, luego la introducción, y deSpués el prólogo, para finalmente llegar al primer capítulo con el que, literalmente, me quedo enganchada.
Es el libro de una madre, Lorena, que relata cómo descubren que su pequeña de tan sólo 5 años, tiene los niveles de azúcar muy altos. Y ahí empieza su historia, su sentir, su vivir.
Me engancha la forma de hablar. Sí, de hablar, porque es como si escuchara a Lorena contándome todo, paso a paso, momento a momento. Vivo el ayer y el hoy, casi en primera persona.
Me incorporo y sigo mi camino, pero en esta ocasión lo hago pegada al libro, leyendo cada palabra con ansiedad, esperando a la siguiente. No descuido mi entorno, al que presto la atención necesaria para no tener accidentes, mirando de reojo, sólo de reojo,  los semáforos, las aceras, la gente que pasa a mi alrededor.

No existe tiempo, no existe distancia, no quiero llegar a casa. Retardo mis pasos, me entretengo más de lo habitual en los cruces, ávida de historia, ávida de saber más...
Al entrar al casa no quiero ruidos, sólo quiero seguir concentrada en el libro. No puedo apartar los ojos y los sentidos de la lectura, de la historia; quiero saber cómo sigue Carlota, cómo reacciona su madre, qué pasa ahora.
Las lágrimas ya han aflorado en varias ocasiones, sobre todo cuando Lorena nos presenta a Alfredo, el padre, preocupado como ella, pero distinto en transmitir lo que siente, tomando la noticia como se suele decir "por los cuernos", y que sin embargo caminan juntos en todo, se complementan. Cómo presenta a sus padres,  a quienes quiere más, si cabe, a raiz de esta circunstancia;  a su suegra, a quien entiende más a partir de este momento, y como no podía ser menos, cuando en sólo dos párrafos nos describe a su hermano Emilio, al tío Emilio, ese ser bondadoso y que nunca les falla. ¡Otra vez las lágrimas!. Al igual que Lorena soy de lágrima fácil cuando se trata de sentimientos.
Me quedo en la cocina, sentada en la escalerilla, lo primero que pillo. Esta habitación, mi refugio, mi lugar de "creación" está llena de cacharros al haber realizado cuatro bizcochos que me habían encargado. Huele a vainilla, chocolate, canela, naranja.... Miro el bizcocho que reposa sobre la encimera. ¿por qué lo veo ahora tan extraño, tan lejano? No puedo dejar de pensar en Carlota.
De urgencias voy a por un ventilador, porque además de las lágrimas, también caen gotas de sudor, qué calor. Pero yo sigo inmenrsa en este quehacer que me ha enganchado. Mis hijos entran y salen y me observan extrañados.
Vuelvo a la cocina,  ventilador funcionando a tope, y Darwin, mi gato, se ha sentado en el suelo a mi vera. ¡Aquí hoy no se come!
Devoro las hojas que me restan, una tras otra. Poco sabía de la diabetes, y menos cuando afecta a los más pequeños. Pero en veinte minutos, casi he aprendido más que en meses, en los diez meses que lleva Carlota, como dice su madre, desde que debutó como "terrón dulce". Me encanta cómo la llama, "eres un terrón".
Carlota es una niña de tan solo 5 años, fuerte, valiente, con esa inocencia que todo lo quiere saber, pero que acepta los cambios en su vida mejor que cualquier persona adulta. Esa capacidad de adaptación ante una situación crítica sorprende en una niña tan pequeña. Me enternece cuando su madre dice que no le gusta la leche sola, y sin embargo, su primer vaso sin cacao se lo toma sin rechistar. ¡Es un cielo! Al igual que se relata en el libro, ¡Me la habría comido a besos!
En tan solo veinte minutos que separan el centro de mi casa, he vivido esos diez meses, he sufrido, he reido y he llorado. Y he aprendido, y mucho.
El bizcocho de chocolate está diciendo cómeme, pero no sé... ahora lo veo extraño.
Carlos Moncada, periodista, escritor, compañero y amigo, y coeditor de CHIQUI SWEET, EL LADO DULCE DE LA DIABETES, me invitó a la presentación del libro. Me gustó la portada, me gustó el título y lo poco que leí de él. Antes incluso de que él mismo me invitara, ya había surgido esa chispa que se enciende en mí cuando algo me atrae. Me llegué después de un día intenso, y me quedé, emocionada.
Mi relación con la diabetes no es cercana. Sé que mi abuelo materno tenía "azúcar", así lo conocía yo, pero debía de estar controlada, porque no lo veía ponerse inyecciones ni nada. Sí escuchaba a mi abuela, cuando íbamos en Navidad, quejarse de que mi abuelo comía más dulces de los que debía. "De algo me tengo que morir"- decía, y a escondidas se llevaba un mantecado, o unos dulces y alfajores. Es cierto que no pasábamos mucho tiempo con ellos, porque vivíamos en otra ciudad, pero no recuerdo males mayores.
A quien sí recuerdo que tenía más problemas con la diabetes, era a mi tía Manolita, Manoli para la familia. Al igual que con mi abuelo, la palabra diabetes no estaba en mi diccionario, tenía azúcar. Ella sí se ponía inyecciones, y mis primas y yo lo llevábamos como algo muy natural. Tanto que para nosotras era un juego. Cogíamos las jeringas y jugábamos con ellas a curar los pajarillos que encontrábamos malheridos en el campo. A ella, a mi tía Manoli, más de una vez, sí la ví en cama, supongo que con alguna crisis. Y luego, en la distancia, he sabido que lo pasó mal con la enfermedad y otras complicaciones. Creo que no se cuidaba lo que debía.
Ahora mi relación con la diabetes es por el conocimiento de que tres de mis amigas la tienen, y sólo en conversaciones me han comentado en alguna ocasión, sus revisiones, sus controles antes y después de comer, y poco más.
Por eso creo que también devoré el libro, ya que todo era nuevo para mí, cada paso, cada síntoma, cada solución, todo rodeado de dulzura, de amor y energía, como la propia autora define este libro, y que se siente desde el primer momento que comienzas a leer.
Es un libro que se lee en veinte minutos, pero que puedes disfrutar toda la vida, y si tú también eres una niña o un niño dulce, en él puedes encontrar muchas respuestas, y algo más importante, la tranquilidad de saber que lo que te pasa tiene solución, que sólo es una forma de vida, que la adaptación y el conocimiento te pueden ayudar mucho. Y el cariño, y el amor, y la familia.
Escrito con una sinceridad que impresiona, hasta los más íntimos pensamientos de una madre que se encuentra con algo que no esperaba, y de sopetón. El humor, que en realidad es una careta, una especie de "gafas de sol" que impiden que te vean débil, indefensa; es una característica de quien transmite una lección de vida.
REcomendable, hasta para quien, de momento, no ha sufrido ni en sus carnes ni en las de sus hijos esta circunstancia de vida. Es un libro muy bonito.
Un OLE bien grande para Carlota, para sus hermanas, para sus padres, para su familia y para todos los niños y niñas que  tienen que vivir de otra manera a la que lo hacemos la mayoría. Hay mucho que aprender de ellos y de ellas.
Y un OLE muy grande para Marta García y Carlos Moncada, editores de este bonito libro, para Sofía G. Aubert, la ilustradora, cuyos dibujos enternecen y llenan de vida la historia. 
Una puesta en escena muy original la presentación del libro en Málaga, que tuvo lugar el pasado 2 de julio en la Sala Oyarzábal (antiguo salón de Plenos de la Diputación de Málaga, en el edificio de la Plza de la Marina), bajo la batuta de Carlos Moncada, a la que asistieron Francisco Salado, un representante de la empresa de servicios Clece S.A. (con una importante labor social), quienes acompañaron a Lorena y a los editores, a quienes dedicaron palabras muy bonitas y a quienes esta historia enganchó también desde el principio.

Enlaces relacionados:
FACEBOOK DE CHIQUI SWEET, El Lado Dulce de la Diabetes 
Blog de Lorena CHIQUI SWEET


3 de julio de 2015

EJERCICIOS EN CLASE_OBJETOS

Otro ejercicio de clase de los que a mí me gustaban, las REDACCIONES.
Me inventaba historias irreales, las escribía como si me estuvieran ocurriendo, y creaba un sueño a mi alrededor.... Por eso estos ejercicios me gustaban tanto, era YO.

Jueves, 2 diciembre de 1974

En todas las casas existe un mueble, un objeto, una foto de familia, que con los años ha ido tomando carácter y que está vinculado sentimentalmente a la vida de la familia. Intenta describirlo o hablar de él, de modo que el lector pueda sentirse tan bien como una cosa viva, con personalidad.

"Desde hace varios años, en mi casa pasaba algo extraño. Mi madre guardaba en su armario una caja azul, herméticamente cerrada. Nunca había sacado la caja delante de nosotras y cuando le preguntábamos por ella, se ponía triste y callaba. Cuando mi madre salía, mi hermana y yo intentábamos abrir la caja y saber qué misterio guardaba en ella. Pero nos era imposible, ya que nos costaba tanto trabajo que lo dejábamos por imposible.
Mis padres sostenían largas charlas y a veces disputas cuando hablaban de una misteriosa tela. Al menos eso nos parecía a nosotras, ya que cuando entrábamos, ellos se callaban y cambiaban de tema.
Pero un día llegó una inesperada visita. Era una señora alta, gruesa y los hombros muy anchos, llevaba un paraguas que parecía una jirafa.
A nosotras nos extrañó ver a aquella señora, ya que nunca la habíamos visto y jamás se habló de ella. Sin embargo, al verla, reaccionaron de una manera extraña, como si la conocieran y no les agradara su visita.
Pasaron al salón y comenzaron a charlar. Yo, un poco sobrecogida, abrí la puerta para entrar el café y al hacerlo la señora me miró y se calló. Mi madre tenía una cara de pena, como si algo malo ocurriera.
De pronto oímos que las voces aumentaban y por fin se abrió la puerta. Y algo nos asombró: mi madre, con voz irritada, echaba a esa señora de nuestra casa. 
Mi hermana y yo nos miramos estupefactas y mi madre sonriendo nos pasó a su dormitorio. Abrió el armario y sacó la caja azul. Yo me puse contenta, pero pronto reaccioné al ver que mi hermana me miraba muy seria.
La caja era redonda, muy brillante, y con bellos adornos a su alrededor.
Mi madre, sacando una pequeña llave, se dispuso a abrirla. Bastante trabajo le costó ya que estaba muy dura.
Al fin y con gran alivio por su parte, logró abrirla.
Al contemplar lo que había en la caja, me quedé asombrada. Era un lindo pañuelo de seda, bordado y con unos hermosos encajes confeccionados lo más delicado posible.
MI madre nos contó que se lo regaló una tia suya. Nos dijo que tenía cuatro años más que ella y que la quería mucho, pero por desgracia murió cuando sólo contaba con 16 años.
Yo le pregunté por qué de su misterio y entonces nos dijo:
Antes de morir mi tía, me compró este pañuelo, con los pocos ahorros que tenía. Me lo dió para mi cumpleaños. ella tenía una hermana que le llevaba diez años; era orgullosa y vanidosa y no me quería. Al ver que su hermana me regaló esto, me tomó manía.
Al morir mi tía, su hermana me dijo que algún día me las haría pagar.
Desde hace tiempo intenta quitarme el pañuelo, con las mayores atrocidades.
Hoy le he dicho en su cara lo que es y le he insinuado que como nos molestara más, llamaría a la policía.
- ¿Y se lo ha creído? - preguntó un poco curiosa mi hermana.
- Claro que sí,  -contestó mi madre cariñosamente- se ha ido y no creo que nos moleste más.

Desde aquel día la caja azul está abierta y todos le tenemos un gran cariño al pañuelo y un recuerdo entrañable.
Nunca más se habló de aquella señora y sus palabras y amenazas no dejaron huella en nuestra familia, muy al contrario, borraron todos los malos recuerdos que guardábamos.
Ahora, la familia está más unida, y al hallazgo de la caja, una larga historia comienza de nuevo.


Al tiempo, cuando leo esto que escribí con tan solo 12 años, no me queda otra que sonreir.



EJERCICIOS EN CLASE_VISUALES

No tenía los 11 años, cuando en clase de lengua y literatura ya nos pedían, todas las semanas, que redactáramos, sobre temas en concretos que nos proponía la profesora.
Para mí era el ejercicio que más me gustaba, porque dejaba volar mi imaginación, totalmente libre.
Entonces podía ser lo que yo quisiera, podía escribir sobre el sueño más disparatado, o cometer la locura más inverosímil... si sólo era una redacción, no traería ninguna consecuencia.
En esta ocasión, nos pedían que hiciéramos un recorrido VISUAL y contáramos qué veíamos, qué sentíamos, etc.
Y aquí mi propuesta:






Ahora mismo, estoy en casa sola. Nadie más me acompaña. EStoy bastante aburrida y no encuentro nada con que pasar el rato.
De pronto descubrí que había un gran paquete de revistas, y se me ocurrió mirarlas y ojearlas un poco. Al principio, en las primeras páginas, sólo se veían anuncios de poca monta, unas gafas, una  muñeca, etc. Pero algo más había en el interior de la revista.
Después de pasar varias hojas sin novedad, había una con unas características principales. Era un paisaje del mar. Se veía que estaba en calma y en sus aguas tan claras, se reflejaba el vuelo de un lindo pájaro.
Tras mirar este bello paisaje, estaba como soñando, como si fuera sobre dos nubes y viera un gran océano, y cayera en él.
Esto pasa cuando descubro que un pequeño apartado hay dos pequeños jugando. Es un prado cubierto de un tupido manto de olorosa hierba. Me imagino que será olorosa porque se ve un verde fresco.
Al contemplar esta hermosa escena, parece que esto relajada.
El verde es un bonito color, que está en la naturaleza. La hierba, los árboles, las matas, y otras tantas cosas más que alegran el ambiente.

En estos momentos, cuando estoy escribiendo, me encuentro en una pequeña habitación, vacía, sólo estoy yo, una mesa, una silla y unos colchones roídos. El sol penetra por una pequeñísima ventana que hay en el techo.
Todo está en silencio, sólo se oye la punta del bolígrafo escribiendo, en continuo movimiento y el maullar de un gato, que da vueltas sobre el tejado. El olor de esta habitación es el característico de algo vacío, con pequeñas modificaciones y con un suave olorcillo a madera chamuscada.
Parece como si estuviera sola en el mundo, como si nadie viviera, sólo un pequeño gato y yo. Entonces, sobre tal pensamiento, dejo esta habitación y la cierro fuertemente.
Ahora voy a la catedral, está cerca de casa y no me cuesta trabajo. Al entrar me ha dado un nosé qué en el corazón.
en la calle había jaleo y bastante barullo, y al entrar aquí, parece como si todo hubiera acabado de repente. ES inmensamente grande y las muchas personas que en estos instantes estamos allí, parece que no ocupamos nada.
Un suave aroma se desprende en el aire y se esparce por toda la nave. Parece como si voláramos por los aires, escuchando la deliciosa melodía de un órgano.
He salido de la catedral y de nuevo escucho el barullo de niños corriendo, parejas que charlan, hombres que discuten, etc. 
Se me ocurre subir a una torre. ¿Por qué no? Sería maravilloso.
Estoy subiendo muchas escaleras, hasta llegar a una gran puerta. la he abierto con gran dificultad, pero al fin se abre.
Me asomo por los arcos que hay y veo a la gran ciudad muy pequeña.
Es como si  yo fuera la dueña de la ciudad, y estuviera observando mis territorios. Estoy orgullosa de ellos y me da gran alegría.
Todos mis sueños se acaban, ya es mediodía y tengo que volver a casa.
¡Lástima! Ahora tengo que volver y hacer todo lo que hago todos los días: comer, fregar, aburrirme. ¡Enfín!
Otro día seguiré soñando porque también de sueños vive el hombre.



28 de octubre de 2014

NO TENGO EDAD PARA AMAR (pensamientos de una niña enamorada)

El primer amor es el que más marca. Se despiertan esos sentimientos que duelen, que queman, que hacen que tu corazón salte, ya sea de alegría o de dolor. El mundo que te rodea no tiene importancia si no eres correspondido o correspondida. Todo lo llena el recuerdo de esa persona. Tus pensamientos, tus horas del día, tus sueños, tus éxitos y fracasos, tu respiración.

Y ese primer amor, platónico, fue tan intenso, que no paraba de escribir en papeles y hojas lo que sentía.
Hoy, después de 38 años, me encuentro otras dos hojas arrancadas de un cuaderno, grapadas para no perderlas, donde grabo para siempre lo que pensaba, lo que sentía, lo que me hacía soñar, y llorar....


"NO tengo edad para amar, no tengo edad para sentir ese fuego que quema. Pero siento algo dentro de mí, algo que fluye como el agua de una fuente, algo que irradia rayos centelleantes, algo que corroe mis entrañas.
Siento dolor y pena, cansancio y tristeza, agonía y esperanza. Todo se funde en una misma pasión.

Tus palabras me llegan hasta dentro. Cuando hablan todo se vuelve diferente, tu voz se oye misteriosa, lejana, sumida en una dulce melodía.
Tu mirada penetra en mi corazón. Cuando mis ojos se encuentran con los tuyos, palidezco al verme tan cerca de ti, me avergüenzo de que fijes tu mirada en mi, y al mismo tiempo, siento un ligero escalofrío que recorre todo mi cuerpo.

Dime, ¿acaso esto no es AMOR?

Cuando tu mano se ha acercado a mi mano, aunque solo fuera por un instante, he visto cómo se ha levantado el mundo, he visto estrellas flotando sobre el agua, peces volando sobre el cielo. Y he temido que la soltaras; he temido que dejaras caer tu mano y dejaras la mía indefensa, sin apoyo. Entonces he comprendido que te necesitaba.

Cuando me encuentro a tu lado todo es distinto. La vida me parece más bella, la tierra que piso es de plumas, y el aire que respiro es aroma de flores.

Dime, ¿acaso esto no es AMOR?

Sin embargo, mis quince recién cumplidos años me obligan a no pensar en ello, a no pronunciar la palabra... Aunque...si no lo hago.... ¿qué gano con ello?

Quizá no pueda alcanzar tu corazón, quizá mi pasión no sea tan fuerte para que penetre hasta ti, o quizá tú tengas ocupado el corazón y ya no quepa ni el aire.

Pero, he logrado tu amistad, tu amistad simplemente como amigo, y eso es algo muy importante.

Tener un amigo es tener un tesoro.
La amistad, por encima de todo, es la reina del mundo; la simpatía, la cordialidad, la paz... Y eso es precisamente lo que busco de ti, lo que te pido, que me des, un poco de afecto, un poco de cariño.

Estos sencillos pensamientos se resumen en unas cortas frases, en las cuales expreso mi deseo por ser tu amiga, simplemente.... tu amiga." (J-4).

Con qué poquito nos conformábamos, cuando el amor era imposible, con la amistad. 
J-4 era el código que ponía a mis escritos, relativo a quien en ese momento ocupaba mi corazón. En este caso, mi primer amor, Juan Viedma Deña.





9 de octubre de 2014

ASÍ ES LA VIDA... ¡y virgencita, que me quede como estoy! (relato)

ASÍ ES LA VIDA


        Son casi las tres de la tarde, aún hace calor, pero los días son cada vez más cortos. El otoño ya está aquí, aunque nos cueste hacernos a él.
        Salgo del trabajo y me voy con una compañera que me deja en la esquina de siempre,  y estoy cerca de mi casa. Hago el mismo recorrido. Paso por las mismas calles de siempre. Están casi vacías, digo casi, porque anda un gato por ahí, lentamente, rebuscando y olisqueando en una bolsa rota que hay en el suelo. Me quedo mirándolo, pensando en mi Lía, lo calentita que está en mi casa, y ese pobre, ahí está, todo esmirriáo, sucio, pasando frío y buscando algo que echarse a la boca.
            -¡Ay! –un suspiro se me escapa mientras sigo caminando.

        Voy más lenta que otros días,  disfrutando cada detalle de esa calle que no conozco, aun pasando por ella todos los días. Nunca me había fijado a estas horas, cuando todo está más en calma.

        Los comercios están cerrados: el pub de la esquina, con las luces apagadas, sin ruido;  la mercería de Juan, con el candado echado; y esa peluquería nueva, moderna, adornada en negro y rojo:
        En su escaparate, de grandes cristaleras, en letras muy grandes y llamativas aparece un rótulo que pone:
-         ¡PROMOCIONES ESTE MES! :UÑAS DE GEL, 20%,
-         FOTODEPILACIÓN, 30%,
-         MASAJE, 50%!

            - Debería de hacerme un masaje, ¡estaría bien! –comento para mis adentros.

            Me cruzo con dos chavales que van a toda prisa. Vienen del Instituto y se han entretenido por que el más moreno le cuenta al otro, su vecino, que la niña del 3º E, Elena, está por él. Se lo ha dicho la Pepi.
-         ¡tío, estás flipao!, No te creas nada de la Pepi, es una mentirosa.

            Se siguen riendo mientras aligeran, porque su familia les estará esperando con la comida en la mesa.
            
        Al volver la cara hacia delante, después de que mis ojos siguieran a estos dos chavales, con sus mochilas a la espalda, y con los pantalones caídos, me tropiezo con una mujer mayor, que arrastra los pies, empujando un andador. A su lado camina una señora de unos cuarenta años, de piel morena, muy morena, casi negra, sin maquillaje y con el pelo recogido en una cola alta. Viste una sencilla camisa de color crudo, y una falda marrón que le tapa las rodillas. Completa su atuendo con una chaqueta antigua, y unas botas altas, muy desgastadas.
            Ella va cantando, muy cerca del oído de la mujer mayor,
            - ¡Corriendo no, corriendo no, cantando!-

            Suena muy dulce y cariñoso. Me sorprende la calidez de la voz y de la
canción. Sonrío.
            La mujer mayor, tiene las manos muy deterioradas, y se agarra al andador con fuerza, mientras continúa su camino, lentamente. Tiene una mirada profunda y siempre se la ve buscando la otra la mirada.

          Se paran un momento. A su acompañante se le ha caído un papel, que se apresura a coger, con desesperación, como si no quisiera que se hiciera daño, como cuando coges a un niño pequeño que ha tropezado. Me sorprende esta reacción, y me doy cuenta  que es una hoja escrita a mano.
            La señora mayor  aprieta el andador, mientras le dirige una larga y profunda mirada. Sus ojos se han llenado de lágrimas. Parece que su lenguaje se basa en las miradas, cargadas de historias. Una historia de muchos años de luchas, de sacrificios, de sinsabores, de pérdidas familiares. Una historia de soledad en el ocaso de la vida. Y la otra historia de lucha, superación, una hija que se va demasiado pronto, un viaje largo, soledad. Dos historias que se encuentran. 

            El andador...,  mis ojos vuelven al andador. Es de una forma sencilla, de color oscuro. Nada de particular, pero que llama enormemente mi atención. 

            Sigo caminando pensando en el andador, en las historias, en la canción, en las miradas y me detengo un momento mientras miro un escaparate adornado para la Navidad,  y recuerdo el andador que le compramos a mi niño, cuando comenzó a andar, para que le ayudara a ir más firme y seguro en sus primeros pasos. Ahora, casi al final de su vida, esta señora, recurre también a un andador, para ayudarse también a caminar firme y segura.
            - ¡Cómo es la vida! ¡cómo después de tanto años volvemos a ser como niños pequeños! Necesitamos algo a lo que agarrarnos, y a alguien que nos cuide. Suspiro y vuelvo la vista atrás.

            Y aquí está ella, la mujer de piel tan morena, tan morena que parece negra. 
            Después de recoger el papel arrugado, se paran a descansar, y ella se acerca a su acompañante con mucha delicadeza. Le sonríe tímidamente mientras le ayuda a sentarse en un banco, y dejan el andador junto a ellas. Nuestras miradas se han cruzado.¡Otras vez las miradas, lenguaje universal, secreto, sincero!

            La suya es muy limpia, y se queda un momento perdida. Sus ojos son oscuros, y veo en ellos la nostalgia de una familia que ha dejado lejos, muy lejos, mientras ella está aquí en España, para trabajar y mandarles dinero. Seguramente tendrá unos padres que la añoran, y unos hijos que la echan de menos. Y esa hija perdida en la más bella de las edades. Pero su corazón sigue con ellos. Ella soñará en que su vida mejore muy pronto, porque ya le toca.
            ¿pasará las Navidades sola?, ¿o estará con algún compatriota?.

            Me sonríe, de nuevo tímidamente y agacha la cabeza.
           
Coge  la mano de la mujer mayor, con suavidad, para animarla a que la acompañe, y vuelve a susurrarle la misma canción: - ¡corriendo no, corriendo no, cantando!.
            Mientras contemplo cómo emprenden la marcha,  haciéndose cariñosa compañía la una a la otra, aligero el paso, con la cabeza más alta, y una sonrisa renovada, y pensando, para mis adentros:

            - Vengo de mi trabajo, bien remunerado,  donde aprendo algo todos los días, y me dirijo a casa, donde me esperan mi marido y mis hijos; y mi gata, que estará detrás de la puerta, esperando a que llegue para hacerme carantoñas y para que le de su comida preferida, y después, echarse a dormir, una larga siesta, en el mejor sillón de la casa.

19 de junio de 2013

AUSENCIA


Cuanto más tiempo pasa, más echo de menos a la persona de mi vida que se marchó pronto.
Cuanto más tiempo pasa, más necesito de sus conversaciones, de sus  experiencias y de sus consejos.
Hermana, no sé si algún día nos encontraremos en algún lugar, y podremos volver a compartir juegos y risas.
No sé si algún día podré contarte cuánto dolor hubo en la familia. Cuánto dolor en mamá, que nunca ha dejado de quererte. Cuánto dolor escondido. Si algún día nos encontráramos...
Si eso sucediera, entonces podré contarte cuánto te extrañé el día de mi boda.
Y también podré contarte que me faltaste cuando me quedé embarazada por primera vez, que quise compartir mi alegría contigo, y que me sentí un poco vacía... Podré contarte qué sentí durante mis tres embarazos, y que mientras cuidaba de mis hijos dentro de mí, pensaba qué sentirías tú, cómo llevarías el embarazo, qué les  dirías a tus hijos, cómo los abrazarías y cuidarías. 
¡Cuánto amor te has llevado contigo!
Y también te contaré cómo crié a tus sobrinos, cómo jugué con ellos, cómo les hablé de tí, y cuántos abrazos y besos se han perdido. Ellos también te han extrañado. Aunque siempre has estado presente en sus vidas.
Y mientras mis hijos persiguen sus sueños, y alcanzan sus metas, también pienso en si tú los estarás siguiendo.. 
A tí y a su tía Encarni, os dedico cada uno de los temas que Laura canta, y me pregunto si os estará gustando, si estaréis aplaudiendo. Y cada cuadro que Manuel pinta, una sonrisa y un recuerdo va para vosotras. Y  cuando Carlos cuenta sus proyectos, pienso que os gustaría saber todos los detalles.
Hermana, si algún día nos encontráramos en algún lugar, déjame que te dé todos los abrazos que nos han faltado, todos los besos que pudimos darnos y se nos negaron, todos los "te quiero" que se quedaron en el aire.
Por tí, hoy, quiero dar más abrazos y más besos.
Por tí y por Encarni, hoy busco un mundo más feliz, y menos egoísta.
Que vuestra ausencia no sea en vano.
Allá donde estéis las dos, os envío, esta noche, un beso, un abrazo y un "te quiero".



29 de abril de 2012

MUÑECAS Y OTRAS AVENTURAS

Cuando nació mi hermana Alicia, yo tenía nueves años.
Nueve años de travesuras, de juegos infantiles que a los ojos de mi familia podrian ser peligrosos, y que no eran apropiados para una niña en aquellos tiempos, no se consideraban femeninos.
Mi hermana mayor, Ana Mari, con tres años más que yo, era una niña modelo: muy tranquila y educada; siempre dispuesta a hacer lo que mi madre le pedía sin rechistar. Ayudaba en las tareas de la casa con disponibilidad, hacía los deberes en cuanto llegaba del colegio y acompañaba a mi madre con la costura en las tardes frías de invierno. Jugaba con lindas muñecas, a las que peinaba de mil formas distintas, y las vestía con trozos de tela que a mi madre le sobraba cuando nos hacía alguna falda o vestido.
También estaba mi hermana Mª Trini, que tenía tres años menos. Trini era muy temerosa. Tenía miedo de la oscuridad, de quedarse sola. Andaba con mucho cuidado, porque pensaba que podría tropezar y caerse y eso la aterraba. Estaba muy apegada a mi madre, era su protectora. Mi hermana y yo la asustábamos diciéndole que no se parecía a nosotras, y que era una niña adoptada, que la habíamos recogido en la calle. Se lo creía y pensaba que cualquier día alguien vendría y se la llevaría. Incluso, que cualquier día, si se portaba mal, la echaríamos de la casa. Ella siempre jugaba con casitas y muñecas muy pequeñitas.
Yo era todo lo contrario a mis hermanas: valiente, atrevida, protestona, traviesa, inventora de mil y una fechorias, curiosa, imaginativa y siempre dispuesta a salir a la calle antes que coser o hacer alguna tarea doméstica. Jugaba con los niños en la calle, subiéndome a los árboles, cazando mariposas, intentando cortarle el rabo a las salamanquesas a ver si se movía, inventando aventuras con las carrozas de los indios, y mangándole galletas de chocolate a las monjas, porque nos quedábamos con hambre de postre.
A menudo mi nombre estaba en las conversaciones de la familia:
- ¡Mira lo que ha hecho hoy Mª Ángeles! -comentaba mi madre a mi tía mientras le servía una taza de café-, me ha destrozado la pared recién pintada. Ha dibujado flres con los rotuladores de colores, y hemos tenido que pintar de nuevo!, "No para, es un torbellino".
- Pues así no va a ninguna parte -arremetia mi tía-, comnigo no se viene, porque me lo revuelve todo, y está todo el día jugando. ¡Si fuera más dulce y hacendosa!
No sé lo que voy a hacer con ella! -terminaba diciendo siempre mi madre, con un suspiro de impotencia.

Entre otros juegos, las tres hermanas jugábamos al pilla-pilla, corriendo por el pasillo, y siemre era yo la que terminaba rompiendo alguna maceta. Mis hermanas se escabullían sigilosamente y me dejaban a mí, en mitad del pasillo, mirando los tiestos rotos de la maceta, la tierra desparamada por el suelo, y yo sin saber qué hacer, chillándole a mis hermanas para que no me dejaran sola ante el peligro. Y al sonido de mis gritos, aparecía mi madre y me encontraba intentando recomponer con manos torpes lo que quedaba de la maceta y recogiendo atropelladamente la tierra para esconderla en cualquier sitio. Terminaba dándome pellizcos, por lo mal que me había portado. De nada me servía protestar y llorar, diciendo que no había sido yo sola.
Otras veces, cuando mi madre nos mandaba recoger el cuarto, abría mi armario, y mientras mis hermanas ordenaban su ropa y sus juguetes, yo me entretenía con un tebeo o con algún libro de cuentos que me había encontrado entre la ropa arrugada, y me sentaba en el suelo a leer. ¡Se me iban las horas!
Después de más de dos horas, aparecía mi madre, y me encontraba allí sentada, rodeada de camisas, faldas del uniforme, algún que otro chaleco, y muchos papeles. De nuevo me llevaba unos cuantos azotes por lo desordenada y desobediente que era.
Durante años, todo seguía igual. Todas las travesuras se me achacaban a mí.
- ¡Eso habrá sido Mª Ángeles!, ¿quién va a ser?" -decían una y otra vez.
Yo lo pasaba muy mal, porque pensaba que de verdad era mala, muy mala, como decía mi abuela, ¡claro, la pobre tenía parte de razón, a su manera!. Después de ahorrar durante mucho tiempo, se pudo comprar una máquina de coser, de aquellas primeras, creo recordar que era de la marca SINGER, con su pedal y un bonito mueble de madera. Pues no tuve otra cosa que hacer que con una aguja de coser, escribir las letras del abecedario que acababa de aprender en el colegio. Aquello fue una catástrofe familiar. Años y años estuvo reprochándomelo. Y yo me sentía muy mal, porque para mí no era malo, sólo había querido dibujar lo que la señorita nos había enseñado en la pizarra, si tenía sólo seis años. No entendía por qué se había formado tanto revuelo por hacer bien mis deberes.
Mi madre me reñía todos los días por algo: que si no me tomaba el colacao, que si no la dejaba que me peinara, y salía corriendo por el largo pasillo, y mi madre detrás con el cepillo, que si le cogía las chuches de mi hermana, que si venía de la calle con la ropa manchada de barro aunque fuera la ropa de los domingos...
Ante sus regañiñas, yo protestaba siempre, pero después le prometía que no volvería a suceder, ¡Mamá, te prometo que no lo voy a hacer más!... Creo que ésa era mi frase preferida, pero que a la media hora se me habían olvidado las promesas. Y se me habían olvidado de verdad. Que yo sí tenía propósito e enmienda, pero no sé qué pasaba después, que volvía a cometer alguna travesura.

Cuando nació mi hermana Alicia, toda la familia y amistades aseguraban, gratamente sorprendidos, que era igual que yo.
- ¡Cómo se parece a Mª Ángeles, es idéntica! -decía la vecina del cuarto.
- ¡Parecen mellizas, si no fuera por los años de diferencia: los mismos ojos, los mismos rizos, y hasta el hoyito en la barbilla, -comentaba mi abuela mientras suspiaba.
- ¡qué lástima de criatura, como se parezca a ella en todo! -decía alguien que no era de la familia, pero que lo sabía todo.

Escuchaba lo mismo en todas las visitas de esos primeros días. Me miraban, miraban a mi hermana en su cuna, me volvían a mirar, y siempre comentabn lo mismo.
Para mí era una pesadilla. Pensaba en lo mal que lo pasaría mi hermana si se parecía a mí en todo. Igual de traviesa, igual de desobediente, igual de mentirosa. Iba a sufrir mucho.
Por la noche, mientras mi madre preparaba la cena de las tres mayores, yo me acercaba a su cuarto y miraba a mi hermana durmiendo en su cuna. Veía su carita dulce, sus manos, sus rizos juguetones, su hoyito en la barbilla y me sentía inquieta por ella. Le pedía a Dios, en el silencio del cuarto, que no fuera como yo. La luz apagada, y yo casi llorando, pensaba que era mejor que se muriera antes que hacer sufrir tanto a la familia,  como lo estaba haciendo yo. Sin saberlo, tenía un trauma.
Como ese Dios al que yo rezaba desesperada no me hizo caso, y Alicia no se murió, y siguió pareciéndose a mí, decidí unirme más a ella, y hacer de ella una niña feliz, y procuré que no se pareciera tanto a mí, y fuera la niña que mi madre hubiera querido que fuera yo.
Me inventaba historias que le contaba cuando iba a la cama; le cantaba canciones infatiles antes de dormir, haciéndole cosquillas en la mano. Eso le gustaba mucho.
A veces me quedaba dormida sobre la cama de mis padres, junto a su cuna, mientras ella balbucía sus primeras palabras.
Me la llevaba a jugar a la calle, con mis amigas, y siempre era el centro de atención, porque se sabía y bailaba con mucha gracia todas las canciones que yo le enseñaba, canciones de moda, que interpretaba a su manera, acompañándolas de gestos y bailes que arrancaban las sonrisas y los aplausos de quienes la veían. Se convirtió en mi sombra, siempre conmigo a todas partes.
Ella era mi juguete. Yo no quería muñecas, si la tenía a ella. Yo era su segunda "mamá". Ahora yo sí tenía una "muñeca" a la que hacerle simpáticas coletas, una "muñeca" a la que ponerle lindos vestidos y lacitos en el pelo. Hacíamos teatro, y ella era el personaje principal.
Mi carácter cambió, llegué incluso a parecer responsable. Protestaba menos y era más dulce.
Sus primeras lecturas las hizo conmigo, aprendio a escribir mientras le contaba esas historias de seres fantásticos que tanto le gustaban, y hacíamos cuentas jugando con rosetas de maíz.
Yo ya no hacía tantas travesuras, creo que no tenía tiempo. De todas formas, varios años después, en conversaciones familiares, descubrimos que muchas de las travesuras que se me achacaron en su momento, no había sido yo la responsble. Ana Mari, mi hermana mayor, había hecho alguna que otra; y Mari Trini tampoco se libraba. Ela ponía cara de buena, para que mi madre no dejara de quererla, que era lo que más temía. ¿Y si la cambiaban por otra, como tantas veces le decíamos Ana Mari y yo?
Pero aunque no fuera siempre la culpable, yo siempe pagaba , que era la que más chillaba y la que ponía cara de "¡lo siento, he sido yo!"
Mi madre aún recuerda con nostalgia que yo me llevaba todos los palos, a veces sin merecerlo, y se arrepiente de todos los pellizcos, chillidos y castigos que me aplicó. Durante más de diez años pensó que no llegaría a ser una buena chica, que no sería capaz de llevar una casa y una familia como "Dios manda" y que no llegaría a acatar las normas como era de esperar.
Pero la vida demuestra que con los años cambia todo. No me gustaban las muñecas, prefería otros juegos de más aventura, pero fui de capaz de crear una familia, de tener un trabajo, de cocinar, de limpiar, de alcanzar metas, de "acatar normas". No sé si como dios manda, pero sí como manda la sociedad al menos.
Me casé y soy madre de tres hijos. Ya son mayores. Los he criado rodeados de música y teatro, juegos y lectura, canciones infantiles y bailes. Todo lo que me gustaba. Pero también he tenido tiempo para cocinar y limpiar mi casa. Y he cocinado tanto, que al final hasta me gusta meterme en la cocina y estar horas y horas preparando ricos platos para mi familia, para mis amistades. Ahora hasta me he metido con la repostería creativa y dedico muchas horas a preparar galletas y otros dulces decorados. Y no sólo me dedico a cocinar, sino que formo parte de un grupo de gente que compartimos el gusto por la cocina, por la gastronomía. Nos reunimos a menudo para intercambiar recetas, y experiencias. Hacemos viajes gastronómicos, y jornadas dedicadas a realizar dulces. Lo pasamos genial. Y hasta estoy colaborando con un periódico publicando entrevistas que realizo a otros blogueros o blogueras que se dedican a la gastronomía. Yo soy una de ellas, y administro un blog donde pongo todas las recetas que hago en casa, para que mis hijos las tengan ahí siempre.
Mi hermana Ana Mari decidió unirse a las estrellas, y ahora comparte escenario con ellas, esperando que algún día podamos ir a visitarla. Más tarde que pronto espero reencontrarme con ella, aunque en sueños, a veces, la encuentro y creo que es feliz.
Mi hermana Mª Trini viajó fuera y cuando regresó comenzó a trabajar como azafata de información turística. Sabe varios idiomas, y estudia continuamente: alemán, inglés, naturopatía, magisterio de educación física... No para de aprender y ya no tiene miedo de no ser de la familia. Es la tita que siempre tiene un detalle con sus sobrinos, un detalle dulce. Y muy cariñosa.
Y Alicia, la más pequeña, estudió graduado social y ahora trabaja en el aeropuerto y su trabajo es de mucha responsabilidad. Le gusta mucho la música, y estudió violín. También ha tenido épocas en las que ha formado parte de un coro. Ya de pequeña cantaba muy bien, y porque no ha educado su voz con profesores, pero seguro que hubiera hecho muy buen papel en la música. Le gusta la pintura, y lo hace muy bien. Tiene muchos cuadros colgados de sus paredes. Es madre de dos niños, niño y niña y en su vida aún le quedan muchas aventuras que vivir.


12 de marzo de 2012

RECONCILIACIÓN. (Un reencuentro poético-musical)

LLovía, ¿sabes?, llovía como estos últimos días, como estos últimos meses. No paraba de llover.
El agua circulaba como un pequeño río por las calles, entorpeciendo la circulación, entorpeciendo los paseos.
Yo no tenía ganas de ir, pero me comprometí con mi madre. Lo hice hace más de dos semanas, y ahora no podía fallarle. ¡Y no será porque me sobra el tiempo!
Cansada de un estresante día de trabajo, y después de haber dormido sólo cuatro horas, en realidad tenía ganas de ponerme las zapatillas, la bata de guatiné, que me regaló mi suegra cuatro tallas más grande, y quedarme en el sofá viendo la novela, o haciendo que la veo, porque al final siempre termino adormilada, sin enterarme bien de lo que pasa.
Busqué excusas, busqué tareas que realizar. Busqué en mi agenda alguien con quien tuviera pendiente una cita, una charla. Los teléfonos no contestaban.
Dejé que el tiempo pasara, para no llamar a mi madre. Me hice la despistada.
Pero mi madre estaba desde muy temprano preparándse: se duchó, se lavó el pelo, se lo peinó (sus rizos le permiten, aún con la edad que tiene, hacerse un peinado muy juvenil); se pintó a concencia, y buscó el mejor jersey que aún no había estrenado. Se roció con su colonia, Gloria de Vanderbilt, una mezcla de mimosa, rosa y flores orientales picantes. Una fragancia que perdura en el tiempo y en el espacio.
La habían invitado a un recital poético-musical, organizado por una asociación de mujeres para obtener fondos en ayuda a Haití. ¡Una buena causa y una buena excusa para salir de su casa!.
Mientras me arreglo a regañadientes, recuerdo mi asistencia hace unos meses a un recital de poesía. El ambiente estaba cargado. Las señoras con peinados que parecían recién salidos de un cuadro, de una peluquería, con fuerte olor a laca. ¿que si me gustaron las poesías? Pues no sé qué decirte. Le puse mucho interés. Atendí para empaparme de todo, y sacarle todo su jugo. Intenté que los ojos me picaran de emoción. NO ocurrió nada. Pensé que sería un problema mío, que había estado mucho tiempo desconectada de este ambiente y ahora no sabía disfrutar de él. O que las cargas familiares y los problemas me habían vuelto insensible. ¡Yo qué sé! No supe definir aquel estado.
Salí de noche, sola, sin despedirme de nadie, con la mirada perdida, buscando el autobús que me devolviera a casa. Hacía frío y tenía unas ganas enormes de llegar.

Pero esta vez veía tan feliz a mi madre, con su nuevo grupo de amigas, que por fin, y después de muchos años había conocido, que me sentí incapaz de decir que no. Ahora está saliendo y acudiendo a sitios donde pasárselo bien. Eso ya era un factor importante para que me decidiera a intentarlo de nuevo.

Así es que la acompañé, a pesar de la lluvia, a pesar del cansancio, y a pesar de la experiencia anterior.

Instituto Andaluz de la Mujer. 18 horas. Entradas agotadas.

Comenzamos a entrar en la sala que se fue llenando de caras sonrientes y conocidas entre ellas. Debe de ser que se juntan más de una vez en este tipo de eventos.
Mi madre y yo no sabíamos dónde ponernos. Primero en esas sillas frente al escenario. ¡No, ésas están muy cerca de la ventana, y puedo pasar frío! -comentó mi madre, y con razón-.
Busqué otras un poco más cerca, pero al final estaba allí la mujer que la había invitado y nos pidió que nos sentáramos con ella, junto a la columna. La silla la tuve que retirar un poco, porque no se veía bien.
¡Verás tú que al final vamos a estar en el peor de los sitios!

Mi madre miraba de un lado a otro, intentando encontrar una cara conocida, además de la que nos invitó al evento. No encontró a nadie. Me senté junto a  ella.
La sala cada vez más llena de gente. Había mucho ruido, muchos saludos efusivos y en voz alta. ¡Un griterío!.
No se presentó la Coordinadora del Instituto Andaluz de la Mujer, al parecer por encontrarse indispuesta.
¿Será verdad? Los políticos siempre ponen excusas, y al final un trabajador tiene que sustituirlos.
En esta ocasión, alguien comentó que era cierto. Que se había puesto enferma y que tenía mucho interés en asistir, incluso ya lo había hecho en otras ocasiones.
Mi madre se quitó el abrigo, se acomodó y guardó silencio esperando a que comenzara, y  yo aguardé junto a ella, casi embriagada por su perfume, que ya se había expandido y llenaba parte de la estancia.
La miraba complacida, comprobando que estaba bien. Y para mis adentros me decía que había merecido la pena sólo por eso. Su cara estaba relajada, y sus ojos estaban chispeantes. ¡Era feliz!
El griterío comenzó a bajar de intensidad conforme se fueron ocupando todas las plazas, y la Presidenta tomó el micrófono y pidió silencio. Estaba a punto de comenzar.
Primero una breve presentación del acto, por el padrino de la Asociación, con unas bellas palabras; palabras de agradecimiento a todas las personas que habían asistido, a todas las que habían contribuido a que esto se realizara y a todas las que iban a actuar.
Comenzó el acto con la actuación de un grupo de cuatro mujeres que acompañaron, al son de las castañuelas, dos composiciones muy bellas: "La Calesera", una composición de zarzuela y "La Malagueña de Lecuona".
Las mujeres aparecían ataviadas con pantalones negros y camisa blanca, y una biznaga de jazmines en el pelo, ¡ah! ¿que no sabes lo que es? ¡ah, perdona, que no me acordaba que no eres de aquí! Pues mira, una biznaga de jazmines es una composición hecha con jazmines naturales, ensartados en un armazón con pinchos (sacado de una planta natural) formando una bola. Los jazmines se cogen en las tardes de verano, cuando aún no se han abierto. Se van pinchando uno a uno, cerrados, que resulta más fácil. Cuando se abren, se forma una bola que desprende un olor impresionante. Es un símbolo de la ciudad de Málaga, muy familiar y cotidiano. Tanto es así que hay biznagas para decoración, como alfiler, para bisutería, en utensilios para la casa, en estampados, y hasta tenemos un biznaguero que vende sus ramilletes de pequeñas flores blancas, y que se ha convertido en un personaje representativo de la ciudad. 

Este grupo de  mujeres, con su gracia y su elegancia, mantuvo al público asistente en silencio. Bonito y original.
Yo siempre había escuchado tocar las castañuelas en el baile, pero no una actuación sólo de castañuelas. El sonido estaba acompasado, al son de la música, y ellas movían su cuerpo con el mismo movimiento que el de sus manos.

El asiento frío de la silla comenzó a volverse más humano, más cercano. Aplaudí con mucha energía.

Después comenzó la poesía: "Esa guitarra", "Me he soñado", "La Paz", "Libre como paloma"... Fueron títulos que dieron paso a las poesías compuestas por las poetisas que permanencían, según su turno, sentadas junto al escenario, con sus letras imprimidas en la mano, y algunas de ellas nerviosas ante lo inminente de su actuación.

Las palabras comenzaron a brotar, una tras otra, con musicalidad. El ruido exterior no se escuchaba. Sólo las palabras. ¿Sabes? Es como si no hubiera nada más. La sala repleta de gente y estaba todo en silencio.
Palabras que iban volando por la sala, por el aire: "jazmines", "rosas", "miedo", "amor", "palabras que enamoran".
Quería atraparlas, quedármelas, pero no podía. Quería retenerlas, pero se me escapaban. ¿te las imaginas, de colores?
- ¡Niña, que estás en Babia! -me decía mi madre.
- Mamá, por favor, ¿no escuchas?
Una poesía, y después otra. Sentimiento. Palabras que llegaban al corazón.

En mitad del acto, una mujer nos obsequió con una canción: ¡Hijos de la luna!´
No podía separar ni la vista ni el oído de aquel escenario.
Su voz sonaba dulce, con fuerza, elevándose, igual que las palabras. Sintiendo que, efectivamente, el niño está solo en el monte, y te dan ganas de hacerle una cuna con tus brazos y mecerlo.
Y después una segunda parte. Más sentimiento desbordado.
Las lágrimas pujaban por salir, pero no las dejaba, porque estaba muy ocupada escuchando todas esas poesías, recitadas por sus autoras, en una tarde mágica.
Y al final, el Toque de Castañuelas: "Salinas de Campuzano" y "Las cuatro estaciones de Vivaldi!. ¡Fantástico!

El tiempo voló. Seguía lloviendo, y mucho Y me recordó a aquel año, cuando tenía 17 años en Jaén. Era voluntaria de la Cruz Roja, un 14 de febrero. Fuimos con las personas mayores a ver una película, "Del rosa al amarillo". Cuando salimos estaba toda la calle con un manto de nieve. Los pies se hundían levemente. Habían bastado dos horas para que la nieve hubiera cuajado.
En esta ocasión no nevaba. Aquí no vemos nunca la nieve. Es una pena, porque es tan bonita. Pero la lluvia sí caía con ganas. Y no era lluvia que molestara, todo lo contrario. La sentía fresca, clara. La esperaba. La conocía. Me era familiar.

Y como un soplo, como un suspiro, acabó.
Salí conociendo a muchas personas, que me saludaban, agradecidas por mi asistencia, y me invitaron a que asistiera a otros momentos como éste. Creo que en la cara se me notaba lo que había sentido.
Me paré un momento, y volví al principio cuando entré allí: veía las mismas caras sonrientes, pero ahora se dirigían a mí.

Veía a mi madre más chica. A su lado, parecía que yo hubiera crecido.

Málaga, febrero de 2010