9 de octubre de 2014

ASÍ ES LA VIDA... ¡y virgencita, que me quede como estoy! (relato)

ASÍ ES LA VIDA


        Son casi las tres de la tarde, aún hace calor, pero los días son cada vez más cortos. El otoño ya está aquí, aunque nos cueste hacernos a él.
        Salgo del trabajo y me voy con una compañera que me deja en la esquina de siempre,  y estoy cerca de mi casa. Hago el mismo recorrido. Paso por las mismas calles de siempre. Están casi vacías, digo casi, porque anda un gato por ahí, lentamente, rebuscando y olisqueando en una bolsa rota que hay en el suelo. Me quedo mirándolo, pensando en mi Lía, lo calentita que está en mi casa, y ese pobre, ahí está, todo esmirriáo, sucio, pasando frío y buscando algo que echarse a la boca.
            -¡Ay! –un suspiro se me escapa mientras sigo caminando.

        Voy más lenta que otros días,  disfrutando cada detalle de esa calle que no conozco, aun pasando por ella todos los días. Nunca me había fijado a estas horas, cuando todo está más en calma.

        Los comercios están cerrados: el pub de la esquina, con las luces apagadas, sin ruido;  la mercería de Juan, con el candado echado; y esa peluquería nueva, moderna, adornada en negro y rojo:
        En su escaparate, de grandes cristaleras, en letras muy grandes y llamativas aparece un rótulo que pone:
-         ¡PROMOCIONES ESTE MES! :UÑAS DE GEL, 20%,
-         FOTODEPILACIÓN, 30%,
-         MASAJE, 50%!

            - Debería de hacerme un masaje, ¡estaría bien! –comento para mis adentros.

            Me cruzo con dos chavales que van a toda prisa. Vienen del Instituto y se han entretenido por que el más moreno le cuenta al otro, su vecino, que la niña del 3º E, Elena, está por él. Se lo ha dicho la Pepi.
-         ¡tío, estás flipao!, No te creas nada de la Pepi, es una mentirosa.

            Se siguen riendo mientras aligeran, porque su familia les estará esperando con la comida en la mesa.
            
        Al volver la cara hacia delante, después de que mis ojos siguieran a estos dos chavales, con sus mochilas a la espalda, y con los pantalones caídos, me tropiezo con una mujer mayor, que arrastra los pies, empujando un andador. A su lado camina una señora de unos cuarenta años, de piel morena, muy morena, casi negra, sin maquillaje y con el pelo recogido en una cola alta. Viste una sencilla camisa de color crudo, y una falda marrón que le tapa las rodillas. Completa su atuendo con una chaqueta antigua, y unas botas altas, muy desgastadas.
            Ella va cantando, muy cerca del oído de la mujer mayor,
            - ¡Corriendo no, corriendo no, cantando!-

            Suena muy dulce y cariñoso. Me sorprende la calidez de la voz y de la
canción. Sonrío.
            La mujer mayor, tiene las manos muy deterioradas, y se agarra al andador con fuerza, mientras continúa su camino, lentamente. Tiene una mirada profunda y siempre se la ve buscando la otra la mirada.

          Se paran un momento. A su acompañante se le ha caído un papel, que se apresura a coger, con desesperación, como si no quisiera que se hiciera daño, como cuando coges a un niño pequeño que ha tropezado. Me sorprende esta reacción, y me doy cuenta  que es una hoja escrita a mano.
            La señora mayor  aprieta el andador, mientras le dirige una larga y profunda mirada. Sus ojos se han llenado de lágrimas. Parece que su lenguaje se basa en las miradas, cargadas de historias. Una historia de muchos años de luchas, de sacrificios, de sinsabores, de pérdidas familiares. Una historia de soledad en el ocaso de la vida. Y la otra historia de lucha, superación, una hija que se va demasiado pronto, un viaje largo, soledad. Dos historias que se encuentran. 

            El andador...,  mis ojos vuelven al andador. Es de una forma sencilla, de color oscuro. Nada de particular, pero que llama enormemente mi atención. 

            Sigo caminando pensando en el andador, en las historias, en la canción, en las miradas y me detengo un momento mientras miro un escaparate adornado para la Navidad,  y recuerdo el andador que le compramos a mi niño, cuando comenzó a andar, para que le ayudara a ir más firme y seguro en sus primeros pasos. Ahora, casi al final de su vida, esta señora, recurre también a un andador, para ayudarse también a caminar firme y segura.
            - ¡Cómo es la vida! ¡cómo después de tanto años volvemos a ser como niños pequeños! Necesitamos algo a lo que agarrarnos, y a alguien que nos cuide. Suspiro y vuelvo la vista atrás.

            Y aquí está ella, la mujer de piel tan morena, tan morena que parece negra. 
            Después de recoger el papel arrugado, se paran a descansar, y ella se acerca a su acompañante con mucha delicadeza. Le sonríe tímidamente mientras le ayuda a sentarse en un banco, y dejan el andador junto a ellas. Nuestras miradas se han cruzado.¡Otras vez las miradas, lenguaje universal, secreto, sincero!

            La suya es muy limpia, y se queda un momento perdida. Sus ojos son oscuros, y veo en ellos la nostalgia de una familia que ha dejado lejos, muy lejos, mientras ella está aquí en España, para trabajar y mandarles dinero. Seguramente tendrá unos padres que la añoran, y unos hijos que la echan de menos. Y esa hija perdida en la más bella de las edades. Pero su corazón sigue con ellos. Ella soñará en que su vida mejore muy pronto, porque ya le toca.
            ¿pasará las Navidades sola?, ¿o estará con algún compatriota?.

            Me sonríe, de nuevo tímidamente y agacha la cabeza.
           
Coge  la mano de la mujer mayor, con suavidad, para animarla a que la acompañe, y vuelve a susurrarle la misma canción: - ¡corriendo no, corriendo no, cantando!.
            Mientras contemplo cómo emprenden la marcha,  haciéndose cariñosa compañía la una a la otra, aligero el paso, con la cabeza más alta, y una sonrisa renovada, y pensando, para mis adentros:

            - Vengo de mi trabajo, bien remunerado,  donde aprendo algo todos los días, y me dirijo a casa, donde me esperan mi marido y mis hijos; y mi gata, que estará detrás de la puerta, esperando a que llegue para hacerme carantoñas y para que le de su comida preferida, y después, echarse a dormir, una larga siesta, en el mejor sillón de la casa.